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21 septiembre 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

XV Domingo después de Pentecostés: 21-septiembre-2025 (memoria de san Mateo, apóstol y evangelista)

Epístola (Gal 5, 25-26; 6, 1-10)

25Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. 26No seamos vanidosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros.

1Hermanos, incluso en el caso de que alguien sea sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre; pero vigílate a ti mismo, no sea que también tú seas tentado. 2Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. 3Pues si alguien cree ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo. 4Y que cada uno examine su propio comportamiento; el motivo de satisfacción lo tendrá entonces en sí mismo y no en relación con los otros. 5Pues cada cual carga con su propio fardo. 6Que el catecúmeno comparta sus bienes con quien lo instruye en la palabra. 7No os engañéis: de Dios nadie se burla. Lo que uno siembre, eso cosechará. 8El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. 9No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos. 10Por tanto, mientras tenemos ocasión, hagamos el bien a todos, especialmente a la familia de la fe.

Evangelio (Lc 7, 11-16)

11Poco tiempo después iba camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío. 12Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. 13Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». 14Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». 15El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre. 16Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Eduardo ROSALES: San Mateo (1873), Catedral de Santa María la Real de la Almudena (https://www.comunidad.madrid/cultura/patrimonio-cultural/restauracion-dos-pinturas-lienzo-eduardo-rosales-san-mateo-san-juan-evangelista)

Reflexión: memoria de san Mateo, apóstol y evangelista (21-septiembre)

I. «Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió» (Mt 9, 9). Con estas sencillas palabras el propio san Mateo nos relata en su Evangelio la llamada que Jesús le hizo y su respuesta rápida y generosa.

La escena ocurre en Cafarnaún, ciudad situada en el entorno del Mar de Galilea donde ocurren tantos episodios de la vida de Jesús y de los Apóstoles. Era un lugar de tránsito y todas las mercancías que por allí pasaban debían pagar su tributo. En la percepción de estas rentas intervenían «unos intermediarios privados que accedían al contrato en licitación por una cantidad alzada ofrecida pagar al aerarium, de modo que su ganancia era la diferencia entre lo ofrecido pagar al aerarium y lo efectivamente percibido. Así, mientras más alta fuera la percepción por sobre lo ofrecido, mayor era la ganancia, de donde el esfuerzo de los publicanos por ello, que los conducía a cometer abusos contra los obligados al pago. Ello les creó la mala fama popular que se refleja en el Evangelio, en donde los publicanos aparecen en la misma fila que los pecadores y las meretrices» (Alejandro Guzmán Brito).

En este contexto, resulta aún más envuelta en el misterio la vocación de san Mateo. Puede ser que conociera al Maestro de otras ocasiones, que hubiera visto sus señales y milagros, que hubiera escuchado su predicación; esperó este gran momento, y a la primera insinuación no dudó en dejarlo todo para seguir a Jesús. También es posible que el resplandor de la majestad de la Divinidad oculta, que se manifestaba en el mismo rostro humano de Jesús atraía a la primera vista a los que contemplaban. Porque si la piedra imán tiene una propiedad tal que trae al mismo hierro, ¡cuánto más el Señor de todas las criaturas pudo atraer a aquellos que quería! (cfr. San Jerónimo, Catena Aurea). En todo caso: «al mostrar una decisión pronta y desprenderse así de golpe de todas las cosas de la vida, atestiguaba muy bien, por su perfecta obediencia, que le había llamado el Señor en el momento oportuno» (san Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 30, 1).

II. San Mateo, para celebrar y agradecer su vocación, dio un gran banquete, al que invitó a sus amigos, a muchos de los cuales se les consideraba o eran pecadores. Este gesto refleja la alegría del nuevo Apóstol por su vocación, que es un gran bien, que todos hemos recibido de una o de otra manera, y del que es preciso alegrarse siempre.

Dos personajes del Evangelio nos ayudan a situarnos de manera adecuada antes nuestra vocación a la vida cristiana en la forma concreta a la que Dios nos ha llamado:

  • El joven rico que no quiso dejar sus riquezas y se marchó triste nos enseña a no fijarnos solo en la renuncia que lleva consigo toda invitación de Dios a seguirle con paso más firme. No mirar solo lo que hay que dejar sino el don de Dios, el bien que va a llevar a cabo en nosotros y a través de nosotros.

  • El otro es el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo: ha permanecido en la finca del padre, ha sido buen trabajador, no ha salido de los límites de la hacienda paterna… ha sido fiel, pero sin alegría, sin caridad con su hermano menor, que por fin acaba de volver. Es la imagen viva del justo que no acierta a comprender que en poder servir a Dios y gozar de su amistad y presencia está ya la misma recompensa. Dios espera de nosotros un servicio alegre, no de mala gana ni forzado, pues «Dios ama al que da con alegría» (2Cor 9, 7) y «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20, 35). Hay siempre suficientes motivos para estar alegres, cuando estamos sirviendo al Señor, cuando decimos sí a sus llamadas.

III. «San Mateo se convirtió en un testigo excepcional de la vida y de los hechos del Maestro. Un poco más tarde sería elegido uno de los Doce para seguir al Señor en todos sus pasos: escuchó sus palabras y contempló sus milagros, estuvo entre los íntimos que celebraron la Ultima Cena y asistió a la institución de la Eucaristía, oyó el testamento del Señor en el Mandamiento del amor y acompañó a Cristo al Huerto de los Olivos, donde empezaría, con los otros discípulos, un calvario de angustia, especialmente por haber abandonado también a Jesús. Después, muy poco después, saboreó la alegría de la Resurrección y, antes de la Ascensión, recibió el mandato de llevar la Buena Nueva hasta los confines de la tierra. Más tarde, también con los discípulos y la Santísima Virgen, recibió el fuego del Espíritu Santo, en Pentecostés. Al escribir su Evangelio recordaría tantos momentos gratos junto al Maestro. Comprendió que su vida cerca de Cristo había valido la pena. ¡Qué diferencia si se hubiera quedado aquella mañana amarrado al telonio de los impuestos y no hubiera sabido seguir a Jesús que pasaba! Nuestra vida, ¡bien lo sabemos!, sólo vale la pena si la vivimos junto a Cristo, en una correspondencia cada día más fiel. Si ante cada llamamiento que nos hace Jesús para vivir más cerca de Él respondemos con prontitud y alegría» (Francisco Fernandez Carvajal).

Agradezcamos hoy al Apóstol el Evangelio escrito que nos dejó y su fidelidad a la misión que Jesús le encomendó hasta su muerte. Que su testimonio nos sirva para conocer y amar más a Jesús cada día.