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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
La fiesta que hoy celebramos tiene su origen en Jerusalén en los primeros siglos del Cristianismo. Según un antiguo testimonio, se comenzó a festejar en el aniversario del día en el que se encontró la Cruz de Nuestro Señor. Su celebración se extendió con gran rapidez por Oriente y poco más tarde a la Cristiandad entera. En Roma tuvo gran solemnidad la procesión que, antes de la Misa, para venerar la Cruz, se dirigía desde Santa María la Mayor a San Juan de Letrán.
A principios del siglo VII los persas saquearon Jerusalén, destruyeron muchas basílicas y se apoderaron de las sagradas reliquias de la Santa Cruz, que serían recuperadas pocos años más tarde por el emperador Heraclio. Cuenta una piadosa tradición que cuando el emperador, vestido con las insignias de la realeza, quiso llevar personalmente el Santo Madero hasta su primitivo lugar en el Calvario, su peso se fue haciendo más y más insoportable. Zacarías, Obispo de Jerusalén, le hizo ver que para llevar a cuestas la Santa Cruz debería despojarse de las insignias imperiales e imitar la pobreza y la humildad de Cristo, que se había abrazado a ella desprendido de todo. Heraclio vistió entonces unas humildes ropas de peregrino y, descalzo, pudo llevar la Santa Cruz hasta la cima del Gólgota (Francisco Fernández Carvajal: Hablar con Dios)
Epístola (Flp 2, 5-11)
5Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. 6El cual, siendo de condición divina, | no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; 7al contrario, se despojó de sí mismo | tomando la condición de esclavo, | hecho semejante a los hombres. | Y así, reconocido como hombre por su presencia, 8se humilló a sí mismo, | hecho obediente hasta la muerte, | y una muerte de cruz. 9Por eso Dios lo exaltó sobre todo | y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; 10de modo que al nombre de Jesús | toda rodilla se doble | en el cielo, en la tierra, en el abismo, 11y toda lengua proclame: | Jesucristo es Señor, | para gloria de Dios Padre.
Evangelio (Jn 12, 31-36)
31Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. 32Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». 33Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir. 34La gente le replicó: «La Escritura nos dice que el Mesías permanecerá para siempre; ¿cómo dices tú que el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto? ¿Quién es ese Hijo de hombre?». 35Jesús les contestó: «Todavía os queda un poco de luz; caminad mientras tenéis luz, antes de que os sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe adónde va; 36mientras hay luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz»
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Rubens: Elevación de la Cruz
Reflexión
I. La fiesta litúrgica que celebramos hoy recibe el nombre de la Exaltación de la Santa Cruz porque en este día la Cruz en la que murió Jesucristo para redimir al mundo es ensalzada y venerada como trofeo pascual de su victoria y signo que aparecerá en el cielo, anunciando a todos su segunda Venida.
Dios ha puesto la «salvación del género humano en el árbol de la Cruz». Por eso, aquello que era un instrumento de suplicio se convirtió en trono de Gloria. La Cruz es adorada, el signo de la Cruz está presente en el culto, en los edificios sagrados en el corazón de las ciudades, en las cumbres de los montes y al lado de los caminos y la Iglesia sigue anunciando a Cristo crucificado como único camino de salvación. «Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo»: nos invita la Iglesia en la Liturgia del Viernes Santo.
II. La muerte de Cristo en la Cruz es «el sacrificio de la Nueva Alianza que devuelve al hombre a la comunión con Dios reconciliándole con Él» (CEC 613).
Desde entonces, el hombre es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor (ibíd. 357). Es verdad que Jesucristo ha muerto en la Cruz para redimir a todos, pero es necesario aplicar a cada uno el fruto y los méritos de su pasión y muerte. Para ello, debemos cumplir la ley de Dios y acudir a las fuentes de la gracia que son los Sacramentos
III.- Los cristianos también hablamos de la cruz para referirnos a los sufrimientos que tantas veces se hacen presentes en nuestra vida: la enfermedad, el dolor, el fracaso…
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga» (Lc 9, 23). Es decir, el camino de la vida eterna, el camino de la santidad pasa por nuestra unión con la Cruz de Cristo que produce abundantes frutos en la vida cristiana.
La Cruz de cada día es una gran oportunidad de purificación, de desprendimiento y de aumento de gloria: «completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24). Es decir, podemos cooperar con los planes de salvación de Dios no sólo con nuestras acciones y oraciones, sino también con nuestros sufrimientos, participando en los sufrimientos de Cristo.
Examinemos nuestra disposición habitual ante las cruces que se hacen presentes en nuestra vida: ¿Nos quejamos con frecuencia ante las contrariedades, el fracaso o el dolor? ¿Nos acercan a Dios o nos separamos de Él por no saber aceptarlas y vivirlas a la luz de la Cruz de Jesucristo? ¿Ayudamos a los demás a llevar sus propias cruces?
IV. Como nos recuerda el evangelista san Juan: «Junto a la Cruz de Jesús estaba su Madre» (19, 25). Para amar la Cruz de Jesús y recibir cada día sus frutos, invocamos a Nuestra Señora la Virgen María, nos acercamos a su Corazón con ánimo y decisión de unirnos a su dolor. Que el misterio de la Cruz que hoy veneramos nos ayude a vivir como hijos de Dios, cumpliendo sus mandamientos y perseverando en el único camino que conduce a la vida eterna y verdadera.