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23 agosto 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

XI Domingo después de Pentecostés: 24-agosto-2025

Epístola (1Cor 15, 1-10)

1Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, 2y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano. 3Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; 4y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; 5y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; 6después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; 7después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; 8por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. 9Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. 10Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Evangelio (Mc 7, 31-37)

31Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. 32Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. 33Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. 34Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»). 35Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. 36Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. 37Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión

James TISSOT: Curación de un sordomudo (c.1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

I. Las lecturas de este undécimo domingo después de Pentecostés pueden considerarse a la luz de un significado que vamos a denominar bautismal.

En el Evangelio (Mc 7, 31-37) vemos la curación de «un sordo, que, además, apenas podía hablar» (v. 32). El día de nuestro bautismo, el Señor abrió nuestros oídos para poder escuchar a Dios y nuestros labios para poder hablarle y fuimos admitidos en la Iglesia, la comunidad de sus elegidos. Esa transformación se llevó a cabo por la infusión de la gracia que tiene sus exigencias sobre nosotros hasta el punto de que todo bautizado debería poder exclamar como san Pablo en la Epístola (1Cor 15, 1-10): «por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo» (v. 10).

De este modo, si el Evangelio nos recuerda el bautismo, la Epístola nos amonesta acerca de la cooperación que debemos prestar a la gracia recibida en él[1].

II. Volviendo al milagro del Evangelio, la mudez y la sordera han sido interpretadas simbólicamente por los santos Padres: la sordera representa el entorpecimiento del alma que no escucha la voz de Dios y la mudez, nuestro olvido de glorificar a Dios, particularmente con las obras.

«O bien es sordo y mudo el que no tiene oídos para oír la palabra de Dios, ni lengua para hablarla; y es necesario que los que saben hablar y oír las palabras de Dios ofrezcan al Señor a los que ha de curar»[2].

Entre los impedimentos para oír la palabra de Dios, podemos señalar[3]:

  • La falta de amor a Dios. la palabra de Dios necesita preparación en el que la recibe para que pueda oírla. A medida que el alma está más unida a Dios, percibirá un contenido más profundo y a la inversa ocurre cuando el hombre pone algún obstáculo.

Como dice Jesús a los judíos que le escuchaban materialmente pero no oían con el espíritu: «El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no escucháis, porque no sois de Dios» (Jn 8, 47). Pero si ellos reconocen el lenguaje de Cristo ni pueden escuchar su palabra (cfr. Jn 8, 43), es debido a sus malas disposiciones morales para ello[4].

  • La ignorancia religiosa. Muchos no dan oído a la palabra de Dios por falta de formación humana y religiosa; por el ambiente social en que se desarrolla su vida, por el desconocimiento de los elementos más fundamentales de la doctrina cristiana o la deformación de la misma.
  • Los propios pecados personales y la corrupción del corazón que llevan a considerar la Ley de Dios y la moral evangélica demasiado pesadas. Recordemos a los que en el Antiguo Testamento pedían a los profetas que no les hablasen de cosas desagradables y preferían a los falsos profetas que halagaban sus pasiones.

III. Para salir de esta situación debemos imitar a Jesús en su vida ordinaria; haciendo bien como Él todo lo que tenemos que hacer, nuestros actos de cada día: «Y en el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien […]» (v. 37). Para nosotros, esto consiste en hacer todo aquello que Dios quiere, y hacerlo bien[5].

  • Es claro que, primeramente, esto excluye todo pecado, todo acto malo y culpable.
  • Hacer todo lo que es de obligación según el estado o la condición en que nos encontramos; descuidar estos deberes aunque fuera para dedicarse a largas oraciones, es desagradar a Dios.
  • Y en las cosas indiferentes procurar hacer lo que es mejor, lo que puede procurar más gloria a Dios o ayudar más al prójimo. A veces es necesario un cierto discernimiento: pidiendo gracias, procurando actuar con rectitud de intención o considerando lo que querríamos haber hecho a la hora de la muerte y ante el juicio de Dios.

IV. Nos dirigimos a la santísima Virgen María para que su maternal intercesión nos alcance cada día la apertura de nuestros oídos y de nuestros labios para escuchar la palabra de Dios, conocer su voluntad y dar testimonio de la fe que profesamos con lo que decimos y, sobre todo, con lo que hacemos en cada uno de los días de nuestra vida.


[1] Cfr. «Verbum vitae». La Palabra de Cristo, vol. 6, Madrid: BAC, 1959, 999-1000.

[2] SAN BEDA, in Marcum, 2, 31, cit.por Catena aurea in Mc 7, 31-37.

[3] Cfr. “Verbum vitae”, o. c., 1073-1074.

[4] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 1154.

[5] Cfr. J. THIRIET; P. PEZZALI, Archivo homilético para todas las domínicas y fiestas del año, vol. 5, Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1950, 274-275.