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25 mayo 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

V Domingo después de Pascua: 25-mayo-2025

Epístola (St 1, 22-27)

22Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos. 23Porque quien oye la palabra y no la pone en práctica, ese se parece al hombre que se miraba la cara en un espejo 24y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era. 25Pero el que se concentra en una ley perfecta, la de la libertad, y permanece en ella, no como oyente olvidadizo, sino poniéndola en práctica, ese será dichoso al practicarla. 26Si alguien se cree religioso y no refrena su lengua, sino que se engaña a sí mismo, su religiosidad está vacía. 27La religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios Padre es esta: atender a huérfanos y viudas en su aflicción y mantenerse incontaminado del mundo.

Evangelio (Jn 16, 23-30)

23[…] En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. 24Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. 25Os he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. 26Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, 27pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios. 28Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre». 29Le dicen sus discípulos: «Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. 30Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios»

Jardín de Getsemaní (Jerusalén) https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Jerusalem_Gethsemane_tango7174.jpg

Reflexión

I. Nos encontramos ya en la última semana del tiempo pascual y la liturgia de este Domingo se puede ver como una preparación para la próxima festividad de la Ascensión. De ahí el tema dominante en el Evangelio (Jn 16, 23-30) que al igual que el de los domingos anteriores está tomado de las palabras pronunciadas por Jesús la noche de la Última Cena, probablemente ya en el camino desde el cenáculo al huerto de Getsemaní.

Aunque de forma velada, Jesús anuncia a los apóstoles cuál habrá de ser la condición del cristiano después de su Resurrección y Ascensión a los Cielos: no deben entristecerse porque, lejos de quedar abandonados, contarán desde entonces con el poder intercesor de Cristo sentado a la diestra del Padre. Y por eso les inculca la necesidad de la oración para la vida del cristiano y asegura a los suyos que esa oración será escuchada: «En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis…» y la conclusión: «para que vuestra alegría sea completa» (v. 23-24) hace ver que lo que pidan los apóstoles (y más tarde los cristianos) estará en consonancia con el nuevo estado de cosas que ha comenzado con la Muerte y Resurrección de Cristo y con el Espíritu Santo que entonces los moverá en su actuación (cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 1255-1256).

II. Estas palabras equivalen a una afirmación solemne, infalible por los términos empleados («en verdad, en verdad os digo…») y porque se nos habla de una oración que se hace en el nombre de Cristo, es decir, en unión con Él, en quien encontramos la salvación y que siempre es escuchado por el Padre. Por esto las oraciones de la Liturgia que brotan de la santa Iglesia y suben, por Cristo, a Dios, concluyen con las palabras por nuestro Señor Jesucristo. El movimiento en que esperamos intervenga Cristo es ascendente. Queremos decir que elevamos nuestras peticiones ante el acatamiento de Dios por mediación de Cristo a quien mencionamos como «nuestro Señor», de quien somos nosotros, porque nos ha redimido con su sangre y «tu Hijo», porque es nacido del Padre antes de todos los siglos. «En la unidad del Espíritu Santo»: La conclusión hace también referencia al Espíritu Santo que es quien nos une a Cristo (cfr. José A. JUNGMANN, El Sacrificio de la Misa. Tratado histórico litúrgico, Madrid: BAC, 1951, 488-491).

Y en cuanto a la aparente objeción de que a veces no obtenemos lo que pedimos cabe responder dos cosas: 1. «no pide en el nombre del Salvador el que pide contra la razón de la salvación… 2. recibe el que pide lo que debe pedir y cuando lo debe recibir» (san Agustín hom. I), es decir, Dios se reserva el modo concreto de concedernos lo que pedimos siempre que esa petición se ordene a nuestra salvación.

  • Por eso podemos pedir bienes temporales con dos condiciones: 1. Que los pidamos con un fin sobrenatural que es la gloria de Dios y nuestra propia salvación. 2. Que subordinemos nuestros deseos y voluntad a la de Dios.
  • Pero pidamos sobre todo los bienes espirituales que enriquecen nuestra alma y nos conducen a la vida eterna. Y esto tanto para nosotros como para los demás: la victoria sobre el demonio y nuestras pasiones, la gracia de practicar las virtudes y los deberes de nuestro estado, en una palabra el llegar a la santidad. «Haz tú lo que puedas, pide lo que no puedes, y Dios te dará para que puedas» (san Agustín, Sermón 43, sobre la naturaleza y la gracia). Y todo ello también abandonándonos al beneplácito de Dios en lo que se refiere al modo y al tiempo.

III. Por último, Santiago en la Epístola (St 1, 22-27) nos presenta un compendio de la religión cristiana en la caridad (evitando el perjuicio del prójimo y socorriendo al necesitado) y la pureza de vida. Resalta con un ejemplo la necedad del que se engaña a sí mismo, contento con oír la Palabra de Dios sin ponerla en práctica. A ello podemos añadir la oración, de la que nos habla el Evangelio, que nos une con Dios y de la que obtendremos la gracia para convertir en obras la Palabra recibida.

El que actúa así, vivirá feliz a causa de su buena conducta, porque está en paz con Dios y con su prójimo (v. 25). También aquí tenemos un eco de la enseñanza de Cristo: «bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11, 28). Una felicidad que se inicia ya en este mundo y que llegará a su plenitud con la corona de vida eterna que Dios ha prometido a los que le aman poniendo en práctica sus mandamientos y que todos nosotros esperamos alcanzar acogiéndonos a los méritos y a la intercesión de la santísima Virgen María.