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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Gal 4, 22-31)
22Porque está escrito que Abrahán tuvo dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre; 23pero el hijo de la esclava nació según la carne y el de la libre en virtud de una promesa. 24Estas cosas son una alegoría: aquellas representan dos alianzas. Una, la del monte Sinaí, engendra para la esclavitud, y es Agar; 25en efecto, Agar significa la montaña del Sinaí, que está en Arabia, pero corresponde a la Jerusalén actual, pues está sometida a esclavitud junto con sus hijos. 26En cambio, la Jerusalén de arriba es libre; y esa es nuestra madre. 27Pues está escrito: Alégrate, estéril, la que no dabas a luz, rompe a gritar de júbilo, la que no tenías dolores de parto, porque serán muchos los hijos de la abandonada; más que los de la que tiene marido. 28Pero vosotros, hermanos, sois, como Isaac, hijos de la promesa. 29Ahora bien, lo mismo que entonces el que había sido engendrado según la carne perseguía al que había sido engendrado según el Espíritu, así ocurre ahora. 30Pero ¿qué dice la Escritura? Expulsa a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. 31Así, pues, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre.
Evangelio (Jn 6, 1-15)
1Después de esto, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea (o de Tiberíades). 2Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. 3Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. 4Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. 5Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?». 6Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. 7Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo». 8Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: 9«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?». 10Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo». Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. 11Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. 12Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda». 13Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. 14La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo». 15Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

James TISSOT, El milagro de los panes y los peces (c. 1886-94), Brooklyn Museum
Reflexión
I. Mediado el tiempo de Cuaresma, este cuarto domingo viene caracterizado por una invitación a la alegría espiritual y al consuelo.
La proximidad de la Pascua pone ante nuestra consideración el día del triunfo definitivo de Cristo. Un triunfo del que también nosotros esperamos participar a lo largo de una vida que tiene mucho de lucha, de esfuerzo. Por eso necesitamos este estímulo con el que se inicia la Liturgia de hoy en la antífona del introito:
«Festejad a Jerusalén, gozad con ella, | todos los que la amáis; | alegraos de su alegría, | los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos | y os saciaréis de sus consuelos, | y apuraréis las delicias | de sus ubres abundantes» (Is 66, 10).
Con estas palabras, Isaías presenta a Jerusalén como una madre generosa que ha sido redimida por Dios, y sus ciudadanos deben participar de esa alegría.
Para nosotros, esta Jerusalén no es la ciudad terrenal e histórica, a pesar de haber sido uno de los escenarios más importantes de la historia de la salvación: la ciudad del Rey David y en la que Jesucristo fue crucificado y resucitó. Se trata de la nueva Jerusalén que según san Pablo es nuestra madre (Epístola: Gal 4, 22-31) y que san Juan vio descender a la tierra (Ap 21, 2ss). Es la plenitud del Reino de Dios a la que nos referimos cuando en el Credo confesamos nuestra fe en la vida eterna y en la vida del mundo futuro.
Para el cristiano, esa plenitud de la felicidad en Dios comienza desde ahora, como un anticipo de aquellos goces futuros, y aún en medio de las persecuciones (Jn 16, 1 ss.), en una situación en la que siempre tendrá que haber cizaña mezclada con el trigo hasta que se produzca el discernimiento definitivo en el juicio de Dios (Mt 13, 24 ss.).
Como observa Santo Tomás, si la gracia es ya una participación en la naturaleza divina (2Pe 1, 4) hay algo más aún: el amor de Dios que el mismo Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (Rm 5, 5), es una participación en la felicidad divina. Es la paz de Cristo, el cual “no la da como la da el mundo” (Juan 14, 27); es la serenidad toda interior de la sabiduría, la felicidad del abandono confiado en Dios[1].
II. El fundamento último de esta alegría y de esta esperanza en participar de aquella plenitud de la que venimos hablando es la revelación del Dios providente que se inclina misericordiosamente sobre las necesidades de los hombres para atenderlas cumplidamente. La multiplicación de los panes y los peces (Evangelio: Jn 6, 1-15) es, ante todo, anuncio de este Dios que se nos da en la Eucaristía para alimento de una vida espiritual que es participación de su misma vida divina.
El Pan Eucarístico, multiplicado a lo largo del tiempo y del espacio en virtud de las palabras de la consagración será distribuido por los sacerdotes, sucesores de los Apóstoles y herederos de su poder sacramental recibido en la ordenación sacerdotal. En el camino hacia la Jerusalén celestial de los bautizados, Jesús renueva este milagro donde hay un sacerdote y un altar; y convoca a los fieles para alimentarlos con el verdadero Pan Vivo bajado del Cielo.
La Eucaristía no sólo es alimento del alma en su camino hacia Dios sino prenda de vida eterna y anticipo de la gloria celestial. Prenda es una «cosa que se da o hace en señal, prueba o demostración de algo». En la Comunión tenemos ya un adelanto de la vida gloriosa y la garantía de alcanzarla si somos fieles al Señor. Esta afirmación puede probarse por varios argumentos[2]:
III. Por su condición de prenda y garantía de la gloria, la Eucaristía nos aumenta la virtud de la esperanza. Vivamos pues la invitación a la alegría espiritual propia de la liturgia de este domingo, confiando en alcanzar la vida eterna: «¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor!» (Sal 121, 1: Introito), a esa casa del Señor, la Jerusalén celestial que es nuestra madre porque nos ha engendrado como hijos de Dios nacidos a la vida sobrenatural en el Espíritu Santo.
[1] Cfr. Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: Cant 8, 5.
[2] Cfr. STh III, 79, 2; Antonio ROYO MARÍN, Teología moral para seglares, vol. 2: Los sacramentos, Madrid: BAC, 1994, 228.