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22 marzo 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

III Domingo de Cuaresma: 23-marzo-2025

Epístola (Ef 5, 1-9)

1Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, 2y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor. 3De la fornicación, la impureza, indecencia o afán de dinero, ni hablar; es impropio de los santos. 4Tampoco vulgaridades, estupideces o frases de doble sentido; todo eso está fuera de lugar. Lo vuestro es alabar a Dios. 5Tened entendido que nadie que se da a la fornicación, a la impureza, o al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios. 6Que nadie os engañe con argumentos falaces; estas cosas son las que atraen el castigo de Dios sobre los rebeldes. 7No tengáis parte con ellos. 8Antes sí erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. 9Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz.

Evangelio (Lc 11, 14-28)

14Estaba Jesús echando un demonio que era mudo. Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, 15pero algunos de ellos dijeron: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios». 16Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. 17Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. 18Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. 19Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. 20Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. 21Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, 22pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín. 23El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama. 24Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice: “Volveré a mi casa de donde salí”. 25Al volver se la encuentra barrida y arreglada. 26Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio». 27Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». 28Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT: “Jesús exorcizando al hombre ciego y mudo” (1886-1894) Brooklyn Museum

Reflexión

I. Nos dice el Evangelio de este Domingo (Lc 11, 14-28) que estaba Jesús «echando un demonio que era mudo», y apenas salió el demonio, habló aquel hombre, y la multitud se quedó admirada.

Muchas veces vemos cómo en los evangelios las enfermedades del cuerpo sirven para representar de manera simbólica el estado en el que se encuentra el hombre que vive alejado de Dios, desconectado de la vida sobrenatural: podemos decir de él que espiritualmente es ciego, sordo, paralítico… Las curaciones que hace Jesús, además del hecho concreto e histórico de dar la salud a un enfermo, son también un signo de la verdadera curación espiritual que es el motivo de su Encarnación redentora: «por nosotros los hombres y por nuestra salvación».

Aplicada esta enseñanza a nosotros, los bautizados, es cierto que ya hemos sido liberados de la esclavitud del pecado por la luz de la gracia y la victoria de Cristo pero mientras dure nuestra vida estaremos en lucha. Por eso san Pablo en la Epístola (Ef 5, 1-9) subraya el contraste entre las obras de las tinieblas y el pecado y las obras que son propias de quienes ya somos hijos de la luz: «Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz» (v. 9). Antes éramos «tinieblas» por nosotros mismos; ahora «luz», en Cristo y gracias a Cristo: «admirable revelación que nos muestra cómo la buena conducta procede del conocimiento sobrenatural de la luz de Cristo» (STRAUBINGER).

También en la curación del Evangelio vemos representado a quien abre con sinceridad el corazón a Dios y pone por obra aquello que dice Jesús en el elogio a su Madre con el que termina el texto: «Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

II. A propósito de aquel hombre comenta san Juan Crisóstomo que «no podía presentar por sí mismo su súplica, pues estaba mudo; y a los otros tampoco podía rogarles, pues el demonio había trabado su lengua, y juntamente con la lengua le tenía atada el alma» (Homilías sobre los Evangelios, 32, 1).

La gracia llega a las almas especialmente a través de los sacramentos. Por ello siempre, pero de manera particular en este tiempo de Cuaresma, debemos acudir al Sacramento de la penitencia. Y así, en nuestra personal conversión, debemos hablar, es decir, es condición indispensable manifestar los pecados al confesor sinceramente. «Se le denomina sacramento de la confesión porque la declaración o manifestación, la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento»[1].

El Catecismo nos recuerda que hemos de confesar por obligación todos los pecados mortales; aunque es muy bueno confesar también los veniales. Las principales condiciones que deben acompañar a la confesión de nuestros pecados son cinco[2.

  1. Humilde «quiere decir que el penitente ha de acusarse ante el confesor, no con altivez en el ánimo o en las palabras, sino con los sentimientos de un delincuente que reconoce su culpa ante el juez».
  2. Entera «quiere decir que hemos de manifestar con sus circunstancias y número todos los pecados mortales cometidos desde la última confesión bien hecha, y de los cuales tenemos conciencia».
  3. Sincera «quiere decir que hemos de declarar los propios pecados como son, sin excúsanos, disminuirlos ni aumentarlos».
  4. Prudente «quiere decir que en la declaración de los pecados hemos de usar los términos más modestos y que hemos de guardarnos de descubrir pecados ajenos».
  5. Breve «quiere decir que no hemos de manifestar nada inútil al confesor».

III. Volviendo al elogio que Jesús dirige a su Madre (bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen), en la Santísima Virgen tenemos el modelo acabado de escuchar con oído atento lo que Dios nos pide, para ponerlo por obra con sinceridad. A Ella acudimos, pidiéndole que nos enseñe a escuchar atentamente todo lo que se nos dice de parte de Dios, y a ponerlo en práctica, cumpliendo así la exhortación de san Pablo en la Epístola (Ef 5, 1-9): «Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz».


[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 1424.

[2] Cfr. Catecismo Mayor IV, VI, 6º, 743-762.