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15 marzo 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

II Domingo de Cuaresma: 16-marzo-2025

Epístola (1 Tes 4, 1-7)

1Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús: ya habéis aprendido de nosotros cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguid adelante. 2Pues ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús. 3Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, 4que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, 5no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. 6Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y os aseguramos: 7Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa.

Evangelio (Mt 17, 1-9)

1Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 2Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 5Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». 6Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 7Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». 8Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 9Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». 

James TISSOT, La Transfiguración (c. 1886-94), Brooklyn Museum

Reflexión

I. El Evangelio del pasado Domingo nos presentaba a Jesús como el Hijo de Dios encarnado, que comparte con la naturaleza humana incluso el verse sometido a la tentación. Hoy lo contemplamos como el Hijo de Dios que nos revela su naturaleza divina y nos invita a participar de esa misma vida divina mediante la gracia (Mt 17, 1-9). Esta enseñanza la encontramos en el misterio de la vida de Cristo que llamamos la Transfiguración y que san Mateo describe así: «Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (v. 2).

Transfigurarse es cambiar una figura por otra figura. En la Encarnación, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad asumió una naturaleza humana completa y perfecta. Tomó la manera de ser propia de nuestro cuerpo. Ahora, Jesús deja esa figura ordinaria como la nuestra y toma otra que es toda ella luz, blancura, esplendor… Esta luz no estaba sobre Él, sino que se desprendía de Él. no se posaba sobre Jesús como un rayo procedente de lo alto, salía, fluía de Él.

Por un momento, Jesús se manifiesta como quien es: el Hijo de Dios desde toda la eternidad. Pero por esta revelación de su gloria no desaparece del horizonte el verdadero camino de la redención que ya había anunciado a sus discípulos: su cruz y su muerte («Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día» Mt 16, 21). Esta gloria que ahora se revela es la que va a tener desde la resurrección en su cuerpo glorioso. Y a ella llegará por el camino de la pasión y de la muerte en cruz.

II. La meditación de los misterios de la vida de Cristo es de gran utilidad para nosotros los cristianos porque, al conocerle más, aumenta nuestro amor a la persona de Jesucristo y al mostrar lo que hizo por nosotros nos impulsa a la imitación de sus virtudes.

Y, en concreto, de este misterio de la Transfiguración podemos decir que es un consuelo y una esperanza para nosotros porque como dice san Pablo, somos ciudadanos del cielo y Jesucristo «transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso» (Flp 3, 20-21).

Para asegurar el cumplimiento de lo que esperamos tenemos que irnos transformando, tenemos que modelarnos de acuerdo con Jesucristo, hacer nuestra su figura, podríamos hablar de nuestra propia transfiguración que no es otra cosa que la santificación propia a la que nos exhortaba san Pablo en la Epístola (1Tes 4, 1-7) al decir que es deseo de Dios que todos los cristianos sean santos (v.3): «Yo os conduciré a la santidad y a la gloria que ostento en mi Transfiguración. Tal es el significado del Evangelio»[2].

Esta transfiguración nuestra es posible por esa unión con Cristo que comenzó el día del Bautismo y en la que tenemos que continuar creciendo a lo largo de nuestra vida hasta llegar a su madurez en el momento de la muerte. Para este crecimiento podemos recordar dos medios:

  • Vivir la penitencia, la mortificación interior, que es el camino de la cruz en nuestra vida concreta. El mismo san Mateo trae estas palabras de Jesús pocos versículos más arriba: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16, 24). El sacrificio tiene que estar presente en la vida del cristiano, como lo estuvo en la vida de Cristo. No hay santidad sin renuncia y sin un cierto combate espiritual que muchas veces se va a manifestar en la capacidad de hacer frente a las contrariedades de cada día y de poner orden en el caos interior que a veces tenemos.
  • Dejar que sea Cristo el que haga esta obra mediante la fuerza de su gracia. Solo desde la experiencia del silencio y de la oración podremos llegar a un verdadero conocimiento de Jesús. Nos tenemos que dejar guiar por la gracia que el Señor nos otorga en la vida espiritual, y que se manifiesta en la vida de oración y en la vida sacramental de su Iglesia, especialmente la Eucaristía y el Sacramento de la confesión. «Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo» (CEC 556).

IV. Esta Cuaresma es un tiempo de gracia y una oportunidad de conversión que Dios nos ofrece y que no sabemos si volverá a repetirse. Nos acogemos a la intercesión y los méritos de nuestra Madre la Virgen María para renovar con frecuencia el deseo de la presencia divina en cada día de nuestra vida alcanzar un día la gloria que esperamos en el Cielo y que la gracia de Dios nos anticipa mientras vivimos en este mundo.


[1] Pius PARSCH, El Año Litúrgico, Barcelona: Herder, 1964, 175; cfr. Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 652-653; Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in 1Tes 4, 7.