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24 noviembre 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Último Domingo después de Pentecostés: 24-noviembre-2024

Epístola (Col 1, 9-14)

 9Por eso también nosotros, desde que nos enteramos, no dejamos de orar por vosotros y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual. 10De esa manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificando en toda obra buena, y creciendo en el conocimiento de Dios, 11fortalecidos plenamente según el poder de su gloria para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, 12dando gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. 13Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, | y nos ha trasladado | al reino del Hijo de su amor, 14por cuya sangre hemos recibido la redención, | el perdón de los pecados.

Evangelio (Mt 24, 15-35)

15Cuando veáis la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el lugar santo (el que lee que entienda), 16entonces los que vivan en Judea huyan a los montes, 17el que esté en la azotea no baje a recoger nada en casa 18y el que esté en el campo no vuelva a recoger el manto. 19¡Ay de las que estén encintas o criando en aquellos días! 20Orad para que la huida no suceda en invierno o en sábado. 21Porque habrá una gran tribulación como jamás ha sucedido desde el principio del mundo hasta hoy, ni la volverá a haber. 22Y si no se acortan aquellos días, nadie podrá salvarse. Pero en atención a los elegidos se abreviarán aquellos días. 23Y si alguno entonces os dice: “El Mesías está aquí o allí”, no le creáis, 24porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, y harán signos y portentos para engañar, si fuera posible, incluso a los elegidos. 25Os he prevenido. 26Si os dicen: “Está en el desierto”, no salgáis; “En los aposentos”, no les creáis. 27Pues como el relámpago aparece en el oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre. 28Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres. 29Inmediatamente después de la angustia de aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna perderá su resplandor, las estrellas caerán del cielo y los astros se tambalearán. 30Entonces aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre. Todas las razas del mundo harán duelo y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. 31Enviará a sus ángeles con un gran toque de trompeta y reunirán a sus elegidos de los cuatro vientos, de un extremo al otro del cielo. 32Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; 33pues cuando veáis todas estas cosas, sabed que él está cerca, a la puerta. 34En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. 35El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión

I. A punto ya de terminar el Año Litúrgico, el santo Evangelio nos presenta hoy una parte del discurso de Jesús sobre los últimos tiempos (Mt 24, 15-35; sería recomendable leer completos los caps. 24 y 25 con un buen comentario como el de Mons. Straubinger). Se trata de uno de los textos que nos resulta de más difícil interpretación de la Sagrada Escritura, por tres razones: el tema que trata, el lenguaje que se emplea y su confrontación con la mentalidad dominante.

1. En lo que se refiere al tema, se nos habla de un porvenir que supera nuestras categorías porque supone una intervención de Dios que supera a todas las posibilidades de la realidad natural, del tiempo y del espacio. La esperanza mesiánica no puede alcanzarse en la historia sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico (CATIC 676)

2. En relación con el lenguaje, para expresar estas realidades, Jesús se sirve de imágenes y palabras similares a las que emplearon los profetas del Antiguo Testamento (en particular, Daniel. Así, la expresión «Cuando veáis la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el lugar santo» (v. 15). «esta profecía se aplica a la profanación del Templo en tiempos de los Macabeos. Jesús enseña que volverá a cumplirse en los tiempos que Él anuncia» (STRAUBINGER in: loc. cit.).

Pero hay una dificultad aún mayor: Jesús está hablando al mismo tiempo de dos hechos: la destrucción de Jerusalén y su segunda Venida en gloria y majestad.

Los Apóstoles le preguntaron: «¿Cuándo sucederán estas cosas y cuál será el signo de tu venida y del fin de los tiempos?» (v. 3). «“Estas cosas” eran para ellos la destrucción de Jerusalén –a la cual había aludido Cristo mirando al Templo– y el fin del mundo; pues creían erróneamente que el Templo habría de durar hasta el fin del mundo». Y Cristo comenzó un largo discurso en que dio conjuntamente los signos precursores de los dos grandes Sucesos, de los cuales el uno es figura del otro». «Esto es propio del estilo profético: «ver en un suceso próximo, llamado typo, otro suceso más remoto y arcano llamado antitypo; y así Cristo vio por transparencia en la ruina de Jerusalén el fin del “siglo”» (Leonardo CASTELLANI, Evangelio, 332-335). «El cumplimiento total de la profecía sobre la destrucción de Jerusalén es una imagen de cómo se cumplirá también todo lo que Jesús profetizó sobre el fin de los tiempos» (STRAUBINGER, in: 20s).

3. En cuanto al contraste con la mentalidad hoy dominante, tanto en la Iglesia como en el mundo, estas palabras de Jesús nos recuerdan que «El reino de Dios, iniciado aquí abajo en la Iglesia de Cristo, no es de este mundo, cuya figura pasa, y su crecimiento propio no puede confundirse con el progreso de la civilización, de la ciencia o de la técnica humanas» (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios).

«El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4)» (CATIC 677).

II. Las palabras de Jesús nos indican que Él mismo, el misterio de su persona y de su muerte y resurrección es el centro al que apuntaban los anuncios de los profetas: «Entonces aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre. Todas las razas del mundo harán duelo y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria» (v. 30). Jesús se identifica claramente con el Hijo del Hombre que, en la visión del Profeta Daniel (7, 13), es el fundador del Reino de Dios. El “Hijo del hombre” es Jesús mismo que vino al mundo «cuándo tomó carne por nuestra salud y se hizo hombre en el seno de la Virgen» y vendrá otra vez al fin del mundo a juzgar a todos los hombres (Catecismo Mayor).

Jesucristo es el único que, en medio de los trastornos del mundo, permanece como el punto firme y estable. Por eso dice: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (v. 35). En efecto, sabemos que en la Biblia la Palabra de Dios está en el origen de la creación y esta potencia creadora de la Palabra divina se ha concentrado en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y pasa también a través de sus palabras que orientan el pensamiento y el camino del hombre en la tierra. Todo pasa –nos recuerda el Señor–, pero la Palabra de Dios no cambia, y ante ella cada uno de nosotros es responsable del propio comportamiento.

Esta segunda venida de Cristo se llama en la Sagrada Escritura “día del Señor” (Catecismo Romano), una expresión que no se refiere solamente al último día de la historia humana, sino a un período más largo, que Sto. Tomás llama de preámbulos para el juicio que considera también inseparable de sus acontecimientos concomitantes (Straubinger in Mt 24, 4ss). «Es, pues, falso decir: Cristo no puede venir en nuestros días. La venida de Cristo no es un problema matemático, sino un misterio, y sólo Dios sabe cómo se han de realizar las señales anunciadas. En muchos otros pasajes se dice que Cristo vendrá como un ladrón, lo cual no se refiere a la muerte de cada uno, sino a Su Parusía» (STARUBINGER, in: v. 44).

La esperanza de ese momento en el que seremos juzgados de acuerdo con el carácter perenne de Cristo y de su Palabra es un estímulo para perseverar y tener paciencia ante las adversidades. Nos ayudará a ser fieles al Señor, especialmente si alguna vez el ambiente que nos rodea está lleno de dificultades. El Señor permite que en ocasiones suframos algo por ser fieles a sus enseñanzas, o que nos llegue la enfermedad o el dolor, para que aumentemos nuestra confianza en Él, vivamos mejor el desprendimiento para hacernos dignos del reino que nos tiene preparado.

III. «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán»: Todo pasa –nos recuerda el Señor–; sólo Él, su Palabra permanece como luz que guía, anima nuestros pasos y nos perdona siempre, porque está a nuestro lado. Que la Virgen María nos ayude a confiar en Jesús, el sólido fundamento de nuestra vida, y a perseverar con alegría en su amor.