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17 enero 2026 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

II Domingo después de Epifanía: 18-enero-2026

Epístola (Rom 12, 6-16)

6Teniendo dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado, deben ejercerse así: la profecía, de acuerdo con la regla de la fe; 7el servicio, dedicándose a servir; el que enseña, aplicándose a la enseñanza; 8el que exhorta, ocupándose en la exhortación; el que se dedica a distribuir los bienes, hágalo con generosidad; el que preside, con solicitud; el que hace obras de misericordia, con gusto. 9Que vuestro amor no sea fingido; aborreciendo lo malo, apegaos a lo bueno. 10Amaos cordialmente unos a otros; que cada cual estime a los otros más que a sí mismo; 11en la actividad, no seáis negligentes; en el espíritu, manteneos fervorosos, sirviendo constantemente al Señor. 12Que la esperanza os tenga alegres; manteneos firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración; 13compartid las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad. 14Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis. 15Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. 16Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios.

Evangelio (Jn 2, 1-11)

1A los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. 2Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. 3Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». 4Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora». 5Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». 6Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. 7Jesús les dice: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. 8Entonces les dice: «Sacad ahora y llevadlo al mayordomo». Ellos se lo llevaron. 9El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo 10y le dice: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora». 11Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión

I. Durante las celebraciones litúrgicas del tiempo de Navidad, hemos considerado los misterios de la Encarnación, del Nacimiento y de la vida oculta del Señor hasta su Bautismo en el Jordán que se conmemora el 13 de enero, octava de Epifanía.

A partir de ahora, los evangelios que leemos cada Domingo nos presentan el ministerio público de Jesús sirviéndose de varios de sus milagros y del contenido de su predicación:

Domingo 2º: Las bodas de Caná (Jn 2, 1-11)

3º: Curación del leproso y del siervo del centurión (Mt 8, 1-13)

4º: La tempestad calmada (Mt 8, 23-27)

5º: Parábola de la cizaña (Mt 13, 24-30)

6º: Parábola del grano de mostaza y de la levadura (Mt 13, 31-35

Esta secuencia se interrumpe este año por el Domingo de Septuagésima (1-febrero) y se retomará en las últimas semanas del tiempo después de Pentecostés pero, vista en su conjunto, nos propone una síntesis de la obra de Jesús en los inicios de su vida pública tal y como nos la presentan los evangelistas: el Señor comienza a llamar a sus discípulos de entre los cuales instituirá a los Doce, a predicar la llegada del reino de Dios y las disposiciones que exige y a confirmar su enseñanza con los milagros que hacía:

«Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y Él los curó» (Mt 4, 23-24)

II. El Evangelio de este segundo Domingo después de Epifanía nos presenta el milagro de Jesús con ocasión de una boda en Caná que san Juan denomina signo porque manifestaba su gloria de Hijo de Dios, consolidando así la fe de sus discípulos (v. 11):

«“Sus discípulos «creyeron en Él”. Ya creían antes, pues el Bautista se lo señaló como Mesías, y ellos le reconocieron, como Juan relató en el capítulo anterior, y como a tal le siguieron. Pero ahora creyeron más plenamente en Él. El milagro encuadraba a Cristo en un halo sobrenatural»[1].

Los milagros confirman la autoridad del que predica pero no son condición necesaria ni suficientes por sí mismos para dar origen a la fe que no procede del milagro sino de prestar asentimiento a la palabra de Jesucristo. En diversos lugares de su Evangelio san Juan subraya cómo había muchos que viendo los signos que obraba Jesús no creían en Él:

«Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre» (Jn 2, 23-25) «Habiendo hecho tantos signos delante de ellos, no creían en Él»: Jn 12, 37).

Como explica en sus comentarios bíblicos mons. Straubinger, a primera vista pueden sorprender expresiones de este tipo que revelan cierto pesimismo sobre la condición humana. Nuestra sorpresa viene de ignorar el alcance que tiene el dogma del pecado original que aparece ya en las primeras páginas de la Biblia y que ha sido objeto de declaración por la Iglesia[2]. Nuestra formación, con mezcla de humanismo orgulloso y de sentimentalismo materialista[3], nos lleva a confundir el orden natural con el sobrenatural, y a pensar que es caritativo creer en la bondad del hombre, creencia en la que consiste la herejía pelagiana y que es la misma de Jean Jacques Rousseau, origen de tantos males contemporáneos. «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres»[4].

A veces pensamos que han de ser muy raras las personas que obran por amor al mal. Tampoco es que todo hombre se dedique a hacer el mal por puro gusto. ¿Qué ocurre entonces?

«La naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada «concupiscencia»). El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual»[5].

Además, el hombre está rodeado por el mundo enemigo del Evangelio, y expuesto a la influencia del Maligno, que lo engaña y mueve al mal con apariencia de bien.

De ahí que todos necesitemos nacer de nuevo (Jn 3, 3 ss.) y renovarnos constantemente en el Espíritu Santo por el contacto con Cristo, mediante el don que Él nos hace de su Palabra y de su Cuerpo y su Sangre. De ahí la necesidad  también, de vigilar y orar para no entrar en tentación[6].

III. Las palabras de la Virgen María a los sirvientes («Haced lo que Él os diga») nos descubren lo que fue la norma constante de su vida: hacer la voluntad de Dios[7] y se dirigen también a la Iglesia de todos los tiempos. Nos lo repite también a nosotros. Por eso, la verdadera devoción a la Virgen nos alcanza esos frutos que veíamos tan necesarios: al configurarnos con Cristo, nos aleja del pecado, nos mueve a la práctica de los mandamientos y enciende en nuestro corazón la llama de la caridad hacia Dios y hacia el prójimo[8].

La Virgen nos invita a poner en práctica todas las enseñanzas de Jesús para llegar a una total identificación con Él y lo hace porque está asociada a la obra de la Redención en la que actúa como verdadera Madre y muestra su especial cuidado hacia nosotros.

De ahí la importancia de cuidar la devoción a la Virgen María en nuestra vida cristiana y de concretarla eficazmente en determinadas prácticas (como el rezo del santo Rosario) que se cumplan con fidelidad. Ella está siempre pendiente de todas nuestras necesidades y a Ella debemos acudir con frecuencia, amor y confianza en quien puede alcanzarlo todo de su divino Hijo nuestro Señor Jesucristo.


[1] Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 1002.

[2] La doctrina de la Iglesia sobre el pecado original fue precisada sobre todo en el siglo V, en particular bajo el impulso de la reflexión de san Agustín contra el pelagianismo, y en el siglo XVI, en oposición a la Reforma protestante. Encontramos las más importantes formulaciones en el II Concilio de Orange (529) (DS 371-72) y en el Concilio de Trento (1546) (DS 1510-1516). Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 402-406.

[3] El mundo contemporáneo oscila entre un humanismo de exaltación, que pretende realizar con las solas fuerzas del hombre lo que en otras épocas se esperaba por medios religiosos (los del don o la gracia) y un humanismo de depresión como el de algunas formas de existencialismo como el de Sartre en el que la libertad del hombre queda reducida a una pasión inútil y puesto que el hombre no es más que eso, caemos en la negación del hombre, cfr. José GUERRA CAMPOS, El octavo día, Madrid: Editora Nacional, 1972, 241-245.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 407.

[5] Ibíd., nº 405.

[6] Cfr. Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: Jn 2, 23 y 4, 48.

[7] Cfr. Gabriel M. ROSCHINI, La Madre de Dios según la fe y la teología, vol. 2, Madrid: Apostolado de la Prensa, 1955, 139.

[8] Ibíd., vol. 1, 51 y vol. 2, 475-476.