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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Col 1, 9-14)
9Por eso también nosotros, desde que nos enteramos, no dejamos de orar por vosotros y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual. 10De esa manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificando en toda obra buena, y creciendo en el conocimiento de Dios, 11fortalecidos plenamente según el poder de su gloria para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, 12dando gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. 13Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, | y nos ha trasladado | al reino del Hijo de su amor, 14por cuya sangre hemos recibido la redención, | el perdón de los pecados.
Evangelio (Mt 24, 15-35)
15Cuando veáis la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el lugar santo (el que lee que entienda), 16entonces los que vivan en Judea huyan a los montes, 17el que esté en la azotea no baje a recoger nada en casa 18y el que esté en el campo no vuelva a recoger el manto. 19¡Ay de las que estén encintas o criando en aquellos días! 20Orad para que la huida no suceda en invierno o en sábado. 21Porque habrá una gran tribulación como jamás ha sucedido desde el principio del mundo hasta hoy, ni la volverá a haber. 22Y si no se acortan aquellos días, nadie podrá salvarse. Pero en atención a los elegidos se abreviarán aquellos días. 23Y si alguno entonces os dice: “El Mesías está aquí o allí”, no le creáis, 24porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, y harán signos y portentos para engañar, si fuera posible, incluso a los elegidos. 25Os he prevenido. 26Si os dicen: “Está en el desierto”, no salgáis; “En los aposentos”, no les creáis. 27Pues como el relámpago aparece en el oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre. 28Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres. 29Inmediatamente después de la angustia de aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna perderá su resplandor, las estrellas caerán del cielo y los astros se tambalearán. 30Entonces aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre. Todas las razas del mundo harán duelo y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. 31Enviará a sus ángeles con un gran toque de trompeta y reunirán a sus elegidos de los cuatro vientos, de un extremo al otro del cielo. 32Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; 33pues cuando veáis todas estas cosas, sabed que él está cerca, a la puerta. 34En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. 35El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC
Reflexión
I. El Evangelio que hemos escuchado (Mt 24, 15-35) se sitúa en un contexto en el que Jesús predice la destrucción del Templo de Jerusalén y pronuncia un discurso cuya idea central, el tema principal, que se va desarrollando en todas sus partes, en realidad es el del Reino de Dios. Es la historia del Reino de Dios vista y expuesta proféticamente.
Claro está que el Reino de Dios en la mente de los Apóstoles no tenía su verdadera significación. Imbuidos de falsas ideas mesiánicas, soñaban con una manifestación gloriosa de Cristo, que daría comienzo al Reino de Dios, consistente en un nuevo e inusitado esplendor del pueblo judío. El Maestro, que ha ido desvaneciendo esas vanas ilusiones de sus Apóstoles, pone ante sus ojos el panorama de la realidad dolorosa de la lucha del Reino de Dios en la tierra, iluminado, es verdad, con el triunfo rotundo de la Parusía. Palabra que designa palabra la segunda venida de Cristo, en poder y majestad.
II. Una dificultad que hay en este discurso es que por un lado se nos dice que no sabremos jamás el día ni la hora, el cual será repentino «como el relámpago» (v. 27); y por otro lado empieza a dar señales de su proximidad, y nos impone vivir alerta, escudriñando los signos de los tiempos. Si no se puede saber en qué momento va a ocurrir lo aquí anunciado ¿para qué dar señales?
La respuesta es que no podremos conocer nunca con exactitud la fecha de la Parusía, pero sí su inminencia, su proximidad. Y en tal caso hay que vivir preparados. «Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre» (Mt 24, 44). Es mejor estar preparados y equivocarse a la hora de prever cuándo tiene lugar su venida a que, cuando llegue, no nos encuentre preparados (cfr. Mons. Straubinger).
«Mas las santas Escrituras declaran que han de preceder tres señales principalmente al juicio universal, es a saber la predicación del Evangelio por todo el mundo, la apostasía y el Anticristo. Y así dice el Señor: “Se predicará este Evangelio del reino de Dios en todo el mundo, en testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin” (Mt 24, 14). Y por otra parte el Apóstol nos avisa, que no nos dejemos engañar de nadie “como si ya instara, el día del Señor, porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la apostasía, y aparecido el hombre del pecado, el hijo de la perdición» (2 Tes 3, 3) (Catecismo de Trento).
¿Nos equivocamos si vemos en el estado presente de la Iglesia y del mundo los preludios de la crisis final que nos anuncia Jesucristo? Podemos responder con unas palabras que se escribieron en el siglo XIX:
«La apostasía comenzada de las naciones cristianas, la desaparición de la fe en tantas almas bautizadas, el plan satánico de la guerra llevada contra la Iglesia, la llegada al poder de las sectas masónicas, son fenómenos de tal envergadura que no podríamos imaginar otros más terribles». (André Emmanuel (†1903): El drama del fin de los tiempos)
Es muy importante ser conscientes de los tiempos que vivimos; porque solo la inminencia de la Parusía explica la magnitud de esta crisis y aporta la esperanza, tan necesaria en nuestros tiempos de calamidades. Gracias a la Sagrada Escritura, aquello que podría convertirse en desesperación, se torna viva esperanza. Conservemos, pues, esta esperanza en la proximidad del Reino de Cristo, anunciado, precisamente, por el hecho de esta confusión eclesial sin precedentes y por las victorias del mal en todo el mundo.
III. Esa consumación definitiva, llegará el día en que el Señor Jesús pondrá fin a toda la historia y al universo entero tal cual como lo conocemos: «De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin» ¿Qué frutos podemos alcanzar de esta memoria del Juicio?
«La verdad de este artículo creída con fe sobrenatural, es muy poderosa para contener los rebeldes apetitos del ánimo y apartar los hombres del pecado […] Y a la verdad, apenas habrá quien se deje arrastrar de sus vicios con tanta fuerza, que no le mueva al deseo de bien vivir aquella verdad, de que día ha de venir en que ha de dar cuenta al justísimo Juez no solamente de todos sus hechos y dichos, sino también de los más ocultos pensamientos, y que ha de pagar la pena que por ellos le correspondiere.
Mas por el contrario, es necesario que el justo se anime más y más a ejercitar la virtud, y tenga grande alegría, aunque viva en pobreza, infamias y tormentos cuando se acuerde de aquel día en que después de las luchas de esta trabajosa vida, se verá declarado por vencedor en presencia de todos los hombres, y condecorado con honras eternas, será recibido en la patria celestial» (Catecismo Romano, I, 8).
IV. Así esperamos los cristianos la llegada del Señor: enriqueciendo el alma en el propio quehacer, ayudando a otros a poner su mirada en un fin más trascendente. De ninguna manera empleando el tiempo en no hacer nada o haciéndolo mal, desaprovechando los medios que Dios mismo nos ha dado para ganarnos el Cielo. Si vivimos unidos a la Virgen María, Ella nos ayudará a disponer nuestra alma para que la llegada del Señor nos encuentre centrados en lo único que tiene importancia ante el juicio de Dios.