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6 septiembre 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

XIII Domingo después de Pentecostés: 7-septiembre-2025

Epístola (Gal 3, 16-22)

16Pues bien, las promesas se le hicieron a Abrahán y a su descendencia (no dice «y a los descendientes», como si fueran muchos, sino y a tu descendencia, que es Cristo). 17Lo que digo es esto: un testamento debidamente otorgado por Dios no pudo invalidarlo la ley, que apareció cuatrocientos treinta años más tarde, de modo que anulara la promesa; 18pues, si la herencia viniera en virtud de la ley, ya no dependería de la promesa; y es un hecho que a Abrahán Dios le otorgó su gracia en virtud de la promesa. 19Entonces, ¿qué decir de la ley? Fue añadida en razón de las transgresiones, hasta que llegara el descendiente a quien se había hecho la promesa, y fue promulgada por ángeles a través de un mediador; 20además, el mediador no lo es de uno solo, mientras que Dios es uno solo. 21Entonces, ¿va la ley contra las promesas de Dios? Ni mucho menos. Pues si se hubiera otorgado una ley capaz de dar vida, la justicia dependería realmente de la ley. 22Pero no, la Escritura lo encerró todo bajo el pecado, para que la promesa se otorgara por la fe en Jesucristo a los que creen.

Evangelio (Lc 17, 11-19)

11Una vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. 12Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos 13y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». 14Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. 15Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos 16y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. 17Jesús, tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». 19Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT: «La sanación de los diez leprosos» (1884-96) Brooklyn Museum

Reflexión

I. El santo Evangelio de este Domingo (Lc 17, 11-19) nos presenta uno de los milagros obrados por Jesús en su último viaje a Jerusalén: la curación de diez leprosos. Si ponemos en relación las circunstancias de este milagro con la enseñanza que nos da el apóstol san Pablo en la Epístola (Gal 3, 16-22), vuelve a plantearse hoy la cuestión de las relaciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se trata de saber, en efecto, si nuestra salvación eterna depende sólo de Cristo, en y con su Iglesia; o si, junto a o por encima de Cristo, produce también la vida eterna la Ley de Moisés. Por extensión y, particularmente en los tiempos en que vivimos, cabe plantear una cuestión parecida en relación con los que siguen otras religiones o incluso no practican ninguna.

Volviendo al milagro del Evangelio, mandaba la Ley del AT que el curado de lepra se presentase al sacerdote para la pública declaración de limpieza (Lev. 13, 2); «Al verlos, les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes…» ellos, aunque no curados, obedecen: «…Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios», en premio a su fe sincera y a su pronta obediencia.

Sólo uno de los diez leprosos curados vuelve a darle las gracias al Señor por su curación: un samaritano. Alaba a Dios en voz alta. Atribuye su curación a Dios, a Jesús. Reconoce que la salud reside solamente en Cristo, no en los actos del hombre, no en las obras ni en el fiel cumplimiento de la Ley del Antiguo Testamento. Abandona la Ley de Moisés y se une a Cristo. La respuesta del Salvador dio la razón al samaritano: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

II. La doctrina de la Iglesia da también a esta cuestión una respuesta tajante, categórica: ¡En Cristo, sólo en Él está la salvación!

Como advierte San Pablo en la Epístola: «las promesas se le hicieron a Abrahán y a su descendencia (no dice «y a los descendientes», como si fueran muchos, sino y a tu descendencia, que es Cristo)» (v. 16).

En Cristo, y sólo en Él, está la salvación. Sólo en Él se encuentra la plenitud de todos los bienes sobrenaturales que Dios ha determinado dar a toda la humanidad en general y a cada uno de los hombres en particular. Por tanto, Jesús no es solamente un líder espiritual o un maestro de moral sino el Hijo de Dios encarnado «por nosotros los hombres y por nuestra salvación». No es un camino privilegiado para Dios entre otros muchos caminos posibles. Tal noción implica un indiferentismo religioso, la creencia de que todas las religiones son canales de gracia, santidad y salvación, aunque algunos sean más eficaces que otros. Esto es contrario a la unidad del plan divino de salvación y contradice las palabras más solemnes de la propia Revelación (cfr. Athanasius SCHNEIDER, Credo. Compendio de la fe católica, Madrid: Luz de Trento, 2024, nº 216).

«Aunque Dios puede dar gracias a un hombre que practica una religión falsa en vista de su ignorancia inculpable y su sincera buena voluntad, tales gracias de ninguna manera serían “mediadas por” o “debido a” la religión falsa misma. Más bien, la gracia puede darse a pesar del error del hombre y para sacarlo de ese error y llevarlo a la verdad de la fe» (ibíd., nº 215)

III. Esta centralidad que Jesucristo tiene en nuestra vida se manifiesta en muchas consecuencias concretas que radican en nuestra vinculación sobrenatural con Cristo. Los discípulos fueron llamados «cristianos» por primera vez en Antioquía (Hch 11, 26). Habiendo pues, entrado en la Iglesia, conocido la ley de Dios y recibido la gracia de los Sacramentos, vivamos de acuerdo con nuestra condición de cristianos. Sólo en Él conocemos nuestro ser más profundo y aquello que más nos afecta: el sentido del dolor y del trabajo; la alegría y la paz verdaderas, que están por encima de los estados de ánimo y de los diversos acontecimientos de la vida; la serenidad ante el pensamiento de la muerte pues Jesús, a quien ahora procuramos servir, nos espera…

IV. Recordemos por último que este pasaje del Evangelio habla bien claro de la misericordia universal de Cristo, complaciéndose especialmente en destacar la respuesta de gratitud del samaritano que se nos propone como modelo para nuestra propia vida. Entre los motivos que tenemos para la acción de gracias se encuentran los dones que Dios otorgó a la santísima Virgen María en favor nuestro, para que fuera la madre de Jesucristo y madre nuestra. Por eso imploramos su auxilio siempre que nos dirigimos a Dios en la oración, para ser así favorecidos por su intercesión poderosa.