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31 agosto 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

XII Domingo después de Pentecostés: 31-agosto-2025

Epístola (2Cor 3, 4-9)

4Pero esta confianza la tenemos ante Dios por Cristo; 5no es que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos nada como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios, 6el cual nos capacitó para ser ministros de una alianza nueva: no de la letra, sino del Espíritu; pues la letra mata, mientras que el Espíritu da vida. 7Pues si el ministerio de la muerte, grabado en letras sobre piedra, se realizó con tanta gloria que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su cara, pese a ser un resplandor pasajero, 8¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu! 9Pues si el ministerio de la condena era glorioso, ¿no será mucho más glorioso el ministerio de la justicia? 

Evangelio (Lc 10, 23-37)

23Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! 24Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron». 25En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». 26Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?». 27Él respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo». 28Él le dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida». 29Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». 30Respondió Jesús diciendo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. 31Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. 32Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. 33Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, 34y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. 35Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. 36¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». 37Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT: Parábola del Buen Samaritano (1886-1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

Reflexión

I. En el santo Evangelio del XII Domingo después de Pentecostés (Lc 10, 23-37) leemos la pregunta que un maestro de la Ley plantea a Jesús: «¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» (v.25). Sabiéndole experto en la Sagrada Escritura, el Señor invita a aquel hombre a dar él mismo la respuesta y éste la formula perfectamente citando los dos mandamientos principales: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo» (v.27).

A su segunda pregunta («¿Y quién es mi prójimo?», v.29) Jesús responde con la célebre parábola del buen samaritano para indicar que nos corresponde a nosotros hacernos prójimos de cualquiera que tenga necesidad de ayuda.

II. Pero, además de este sentido inmediato, los santos Padres, exégetas y autores espirituales[1] aplican esta parábola con todos sus detalles a la historia de la redención del género humano, haciendo una síntesis de la historia de la Salvación, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. En el samaritano de la parábola que llena de cuidados al herido podemos ver a Jesucristo:

  • bajado del Cielo para salvar la distancia infinita que separaba a Dios de los hombres;
  • que carga con los pecados del mundo como Cordero de Dios;
  • y que con el vino de la Palabra de Dios y el aceite de los sacramentos nos alcanza la condición de hijos de Dios, nos da la gracia que nos hace partícipes de la naturaleza divina, alimenta, repara y sostiene nuestra vida espiritual, la vida de nuestra alma.

Esta presentación de Jesús como el Buen Samaritano nos permite comprender el fundamento último del mandato del amor a Dios y al prójimo que no es otro que la propia iniciativa de Dios: «Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero» (1Jn 4, 19). «De todas las invitaciones a amar, la más poderosa es la de prevenir amando… He aquí, pues, por qué vino principalmente Cristo: a fin de que el hombre aprenda hasta qué punto es amado de Dios y que, habiendo aprendido, se inflame de amor hacia Aquel de quien ha sido eternamente amado»[2]. La muerte redentora de Jesús como todos los misterios de su vida, son expresión de un amor, sin límites y previo, de Dios por nosotros. Pero al mismo, tiempo, ese amor nos abre la posibilidad de amar al prójimo como respuesta al amor recibido del Señor: «Busca de dónde viene al hombre amar a Dios, y no hallarás otra razón que esta: porque Dios le amó antes. Aquel a quien hemos amado se entregó a sí mismo; nos dio con qué amarle […] Aquí está precisamente la razón por la que debes amar al prójimo con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente […] Ciertamente; no te amabas cuando no amabas al Dios que te hizo. Pensabas que te amabas, cuando en realidad te estabas odiando»[3].

III. A los que conocemos esta revelación del amor de Dios y a los que se nos hace capaces de corresponder a este amor con el nuestro, manifestado además en las obras, tienen aplicación las palabras de Jesús con las que comienza el Evangelio de este Domingo: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron» (vv. 23-24). Jesús llama dichosos aquellos israelitas que al creer en Él vieron el cumplimiento de la espera del Mesías en el AT sintetizada en los «reyes» (como David, de cuya dinastía procedería) y en los «profetas», que lo vaticinaron[4]. Si pensamos en nosotros:

  • Hemos sido llamados con preferencia a tantos otros a la luz del Evangelio, hemos recibido el bautismo y perseveramos en la fe católica sin mérito o derecho alguno por nuestra parte.
  • Vemos el cumplimiento de las profecías aún con mayor plenitud que los primeros apóstoles y discípulos porque la historia nos ha confirmado la extensión de la Iglesia por todo el mundo y su perpetuación a través de los siglos a pesar de las persecuciones y defecciones.

Por todo ello debemos:

  • Guardar celosamente la fe y tener cuidado en no perderla, poniendo los medios necesarios para conservarla y aumentarla.
  • Esforzarnos por vivir conforme a nuestras creencias, según las máximas del Evangelio y las promesas bautismales, sin olvidar nunca estos dos preceptos de los que nos habla la parábola del buen samaritano: el amor a Dios y el amor al prójimo.

Precisamente, Jesús concluye su enseñanza con una palabra cordial dirigida a aquel maestro de la Ley: «Anda y haz tú lo mismo» (v. 37). Es decir, pon por obra y practica la Ley que conoces. Son palabras que nos dirige también a nosotros y acudimos a la Santísima Virgen María para poder ponerlas en práctica y vivir así siempre de acuerdo con el nombre de cristiano que recibimos el día de nuestro bautismo.


[1] Cfr. por vía de ejemplo: Luis de LA PUENTE, Meditaciones, vol. 1, Barcelona: Testimonio, 1995, 967-975.

[2] SAN AGUSTÍN cit. por Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in 1Jn 4, 19

[3] SAN AGUSTÍN, sermón 34: https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/discorso_045_testo.htm.

[4] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 837.