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17 agosto 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

X Domingo después de Pentecostés: 17-agosto-2025

Epístola (1Cor 12, 2-11)

2Sabéis que cuando erais gentiles, os sentíais impulsados a correr tras los ídolos mudos. 3Por ello os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: «¡Anatema sea Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!», sino por el Espíritu Santo. 4Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; 5hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; 6y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. 7Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. 8Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. 9Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. 10A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. 11El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

Evangelio (Lc 18, 9-14)

9Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: 10«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. 11El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. 12Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. 13El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. 14Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Tissot: El fariseo y el publicano

Reflexión

I. El Evangelio de este Domingo (Lc 18, 9-14) nos presenta a dos personajes que, aparentemente están llevando a cabo la misma acción: «Dos hombres subieron al templo a orar».

Ahora bien, cada uno de ellos representa a uno de los grupos sociales y religiosos que existían en tiempos de Jesús: «uno era fariseo, y el otro publicano».

  • Los fariseos dedicaban su mayor atención a las cuestiones relativas a la observancia de las leyes de pureza incluso fuera del templo. Las normas establecidas para el culto representaban un ideal de vida en todas las acciones cotidianas que quedaban así ritualizadas y sacralizadas.
  • Los publicanos eran los que cobraban los impuestos en el imperio romano. Los judíos los odiaban como a renegados puestos al servicio del opresor y como a ladrones por lo que eran considerados pecadores por su mismo oficio.

Pero lejos del prototipo, el interior de cada uno de ellos era completamente distinto a las expectativas de los oyentes porque el fariseo era modelo de devoción y el publicano, de maldad. En cambio, la enseñanza de Jesús es que Dios mira si encuentra en el corazón la buena intención, la humildad, el arrepentimiento. Por lo cual, el publicano fue perdonado (justificado, hecho justo), y el fariseo, en cambio, agregó a sus pecados uno nuevo, el de la soberbia, pues se atribuye a sí mismo el mérito de las buenas obras y se cree mejor que los demás: por tanto, sus obras no bastan para justificarle.

II. La Liturgia de hoy toma como partida esta distinción entre una oración auténtica, que es del agrado de Dios, y una oración falsa, deformada, para orientarnos hacia la meditación en la vida eterna y la salvación que nadie puede presumir de tener segura, ya que es un don de Dios que debemos pedir con humildad.

El Señor nos ha descrito las acciones del fariseo y del publicano y a estas acciones atribuye la justificación del uno (por su humildad, por reconocer lo que era ante Dios, pecador, y pedirle misericordia) y el que otro continúe en sus pecados.

Luego, a pesar de ser gratuita la justificación, alguna influencia tiene en ella nuestras acciones. Y es importante conocer este influjo para hacer lo que depende de nuestra parte. Dios pide que nosotros, pongamos algunos actos que, si bien no merecen la gracia, por lo menos apartan los obstáculos que impedirían recibirla.

Hay que evitar por tanto dos errores:

  • El representado por la soberbia del fariseo. Los que creen poder alcanzar la salvación sin ayuda alguna de la gracia; son aquellos que prescinden de implorar humildes la gracia de Dios, de examinar su conciencia y arrepentirse de sus pecados.
  • Por el camino opuesto, se puede caer en la desesperación que es el primer paso para la indiferencia.

Existe la presunción cuando se confía más en las propias fuerzas que en la ayuda de Dios y se olvida la necesidad de la gracia para toda obra buena que realicemos; o bien cuando se espera de la divina misericordia lo que Dios no puede darnos por nuestra mala disposición, como es el perdón sin verdadero arrepentimiento, o la vida eterna sin hacer ningún esfuerzo para merecerla. No es raro que de la presunción se llegue pronto al desaliento, cuando aparecen las pruebas y las dificultades, como si ese bien dificultoso, que es el objeto de la esperanza, fuera imposible de alcanzar. Este desaliento conduce al pesimismo primero y más tarde a la tibieza, que considera demasiado difícil la tarea de la santificación personal, apartándose de cualquier esfuerzo (Francisco Fernández Carvajal).

Evitando esos dos errores, el cristiano debe poner lo que está de su parte para alcanzar la vida eterna:

  • Viviviendo siempre en gracia de Dios,
  • Ejercitándose en las buenas obras
  • Y perseverando en el amor divino hasta la muerte.

*

Pidamos hoy ayuda a Nuestra Señora para que nos enseñe a tratar a su Hijo en nuestra oración como Ella siempre lo hizo. Y hagamos el propósito de no abandonar la nunca la oración procurando tener las disposiciones que el Señor espera de nosotros.

«Oh Dios, que principalmente haces brillar tu omnipotencia perdonando y usando de clemencia, multiplica sobre nosotros tu misericordia; para que, corriendo tras de tus promesas, nos hagas participar de los bienes celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo…» (Misal Romano, oración colecta del Domingo X después de Pentecostés).