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15 junio 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Fiesta de la Santísima Trinidad: 15-junio-2025

Epístola (Rom 11, 33-36)

33¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! 34En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? 35O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa? 36Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

Evangelio (Mt 28, 18-20)

18Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; 20enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

La_Trinidad (El Greco, 1577-1579)

Reflexión

I. Terminado ya el tiempo pascual, la liturgia de la Iglesia celebra tres solemnidades que nos presentan todo el misterio de la fe cristiana desde perspectivas distintas:

  • Hoy, Domingo de la Santísima Trinidad: la realidad de Dios uno y trino.
  • El domingo próximo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo: el sacramento de la Eucaristía.
  • Y el siguiente viernes, el Sagrado Corazón de Jesús: la naturaleza humana y divina en la única Persona de Cristo, el Verbo de Dios encarnado

Vemos así que «el fin de los misterios de Jesucristo y de la venida del Espíritu Santo ha sido llevarnos al conocimiento de la Santísima Trinidad y a su adoración en espíritu y verdad» [1].

II. La Santísima Trinidad «es el misterio central de la fe y de la vida cristiana» porque «es el misterio de Dios en sí mismo» [2] y solamente es posible conocerlo porque Dios lo ha revelado.

Con las solas fuerzas de la razón podemos llegar a conocer y demostrar la existencia de Dios en cuanto creador del orden natural [3], pero nada podemos alcanzar a conocer del orden sobrenatural porque éste escapa a la capacidad de la razón. Aunque están por encima de nuestra razón, las verdades de este ámbito no son contrarias a la razón misma (es decir, no son irracionales sino suprarracionales) y las llamamos misterios, es decir, «verdades superiores a la razón, que hemos de creer aunque no las podamos comprender» [4].

Aunque es imposible entender o explicar completamente este misterio de la Santísima Trinidad podemos formarnos una idea de él a través de la analogía y así san Agustín propone la unidad de la memoria, la inteligencia y la voluntad en el hombre para ilustrarlo.

El trabajo teológico de éste y otros Padres de la Iglesia y la obra de los Concilios sostenidos por el sentido de la fe del pueblo cristiano permitió a la Iglesia formular más explícitamente la fe trinitaria, tanto para profundizar en su conocimiento como para defenderla contra los errores que la deformaban [5].

Precisamente estos días se cumplen 1.700 años de una de las más importantes de esas formulaciones: la que tuvo lugar en el Concilio Ecuménico reunido en la ciudad de Nicea el año 325. Este Concilio confesó en su Credo que el Hijo de Dios es «engendrado, no creado, consustancial al Padre» haciendo frente así a la herejía arriana que tanto hizo sufrir a la Iglesia en aquellos primeros siglos en que se estaba produciendo la cristianización del Imperio romano.

Para un cristiano es importante conocer estas expresiones de nuestra fe porque Verdad y vida son inseparables. Cristo no predicó unas ideas: es Él, con su persona y por su acción (es decir, por lo que es y lo que hace), quien nos da la vida.

Por tanto, las verdades de la fe -la doctrina católica- son una expresión de esta realidad viviente: nos dicen lo que Cristo es y lo que Cristo hace. El Credo, toda profesión de fe, está muy lejos de constituir un sistema de ideas frías y abstractas; es la historia de una acción salvadora, que parte de la vida eterna de Dios y nos conduce a nuestra propia vida eterna por el camino de Jesús que, siendo Hijo de Dios por naturaleza, se ha encarnado para redimirnos y hacernos a nosotros hijos de Dios por la gracia [6].

IV. A la Virgen María la llamamos templo y sagrario de la santísima Trinidad porque aceptó la voluntad del Padre y concibió en su seno al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo.

Que Ella nos ayude a conocer y conservar la fe pura en el misterio trinitario y a vivir como hijos de Dios con la esperanza de así poder alabar a la Santísima Trinidad por toda la eternidad en la gloria del Cielo.


[1] Catecismo Mayor, Instrucción sobre las fiestas del Señor, de la Santísima Virgen y de los santos, I, cap. 12.

[2] CEC, 234.

[6] CONCILIO VATICANO I, Constitución dogmática sobre la fe católica (24-abril-1870), «[Contra los que niegan la teología natural.] Si alguno dijere que Dios vivo y verdadero, creador y señor nuestro, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana por medio de las cosas que han sido hechas, sea anatema [cf. 1785]» (Dz 1806-1); [Contra los deístas.] Si alguno dijere que no es posible o que no conviene que el hombre sea enseñado por medio de la revelación divina acerca de Dios y del culto que debe tributársele, sea anatema [cf. 1786]» (Dz 1807-2).

[4] Catecismo Mayor, 870.

[5] Cfr. CEC, 250.

[6] Cfr. cfr. José GUERRA CAMPOS, El octavo día, Madrid: Editora Nacional, 1972, 36-37.