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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (St 1, 17-21)
17Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces, en el cual no hay ni alteración ni sombra de mutación. 18Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como una primicia de sus criaturas. 19Tened esto presente, mis queridos hermanos: que toda persona sea pronta para escuchar, lenta para hablar y lenta a la ira, 20pues la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere. 21Por eso, desechad toda inmundicia y la carga de mal que os sobra y acoged con docilidad esa palabra, que ha sido injertada en vosotros y es capaz de salvar vuestras vidas.
Evangelio (Jn 16, 5-14)
5Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. 6Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. 7Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré. 8Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. 9De un pecado, porque no creen en mí; 10de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; 11de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado. 12Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; 13cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. 14Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará.
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James TISSOT, Cristo con los Apóstoles (c. 1886-94), Brooklyn Museum
Reflexión
I. Al igual que el pasado Domingo, y continuando con la preparación para celebrar los misterios de la Ascensión de Cristo y de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, el Evangelio del IV Domingo después de Pascua (Jn 16, 5-14) está tomado del discurso del Señor a los Apóstoles la noche del Jueves Santo, después de la institución de la Eucaristía. Son palabras que anunciaban el camino que iba a vivir la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo. Y en concreto, los versículos que hemos leído tratan de la necesidad de que Jesús vaya al Padre y envíe el Espíritu Santo y exponen lo que hará el Espíritu Santo cuando haya venido. «Os conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré» (v. 7).
Jesús no había hablado todavía a los Apóstoles de la venida del Espíritu Santo porque Él estaba con ellos. Hay una expresión del evangelista san Juan que podemos poner en relación con esto esto: «Jesús en pie gritó: «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”». Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7, 37-39). El Espíritu Santo ya actuaba desde la creación y a lo largo de toda la historia de la salvación, también en el Antiguo Testamento, pero la expresión de Jesús se refería a la misión del Espíritu Santo en Pentecostés. Es el Espíritu Santo, que Cristo prometió enviar a la Iglesia después de su resurrección y de su ida al Padre, y que se manifestaría en dones prodigiosos y «carismáticos», atestiguando con ello la santificación de las almas y la obra de Cristo[1].
Ahora, cuando Jesús estaba para volver a su Padre quiere confortar a los Apóstoles y les anuncia la presencia de la Persona divina, el Espíritu Santo que habría de consolarles, guiarles y asistirles de una manera que, no por invisible, sería menos eficaz que la suya.
II. También a nosotros se nos promete y se nos da este Espíritu Santo cuya acción podemos expresar con dos términos: nos instruye y nos fortalece[2].
II.a) Nos instruye enseñándonos las verdades que son necesarias para la salvación y que Dios ha revelado.
II.b) Además, el Espíritu Santo nos fortalece con sus dones para ser fieles a la fe. La Epístola (St 1, 17-21) nos habla de los dones que vienen del Cielo: «Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba» (v. 17). Santiago no precisa qué dones son estos pero se podrían incluir en el término gracia, tomado en sentido amplio[4]. Fortalecidos con la gracia, este apóstol nos exhorta a llevar una vida conforme a la verdad conocida y recibida.
III. Demos gracias a Jesucristo por la promesa y el don que nos hizo del Espíritu Santo. Bendigamos a este divino Espíritu por las maravillas de sabiduría, de bondad, de conversión que sigue obrando en medio de nosotros. Pidámosle que nos siga llenando con sus gracias y que seamos fieles a ellas para merecer así la dicha de vivir en comunión con las tres divinas Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo durante toda la eternidad en el Cielo.
[1] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 1134-1135.
[2] Cfr. J. THIRIET; P. PEZZALI, Archivo homilético para todas las domínicas y fiestas del año, vol. 4, Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1950, 151.
[3] En estos términos, que hoy se quedan cortos, describía la situación en 1972 D.José Guerra Campos, entonces obispo auxiliar de Madrid-Alcalá. A continuación daba unos criterios para orientarse en dicha confusión sin caer en el “libre examen” «sino de acuerdo con normas superiores de la jerarquía, que es el principio de unidad para todos». Cfr. José GUERRA CAMPOS, El octavo día, Madrid: Editora Nacional, 1972, 51-75.
[4] Cfr. José SALGUERO, Biblia comentada, vol. 8, Epístolas católicas. Apocalipsis, Madrid: BAC, 1965, 40-42.