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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (1Pe 2, 11-19)
11Queridos míos, como a extranjeros y peregrinos, os hago una llamada a que os apartéis de esos bajos deseos que combaten contra el alma. 12Que vuestra conducta entre los gentiles sea buena, para que, cuando os calumnien como si fuerais malhechores, fijándose en vuestras buenas obras, den gloria a Dios el día de su venida. 13Someteos por causa del Señor a toda criatura humana, lo mismo al rey, como soberano, que a los gobernadores, 14que son como enviados por él para castigo de los malhechores y aprobación, en cambio, de los que hacen el bien. 15Porque esa es la voluntad de Dios: que haciendo el bien tapéis la boca a la estupidez de los hombres ignorantes. 16Como personas libres, es decir, no usando la libertad como tapadera para el mal, sino como siervos de Dios, 17mostrad estima hacia todos, amad a la comunidad fraternal, temed a Dios, mostrad estima hacia el rey. 18Que los criados estén, con todo temor, a disposición de los amos, no solo de los buenos y comprensivos, sino también de los retorcidos. 19Pues eso es realmente una gracia: que, por consideración a Dios, se soporte el dolor de sufrir injustamente.
Evangelio (Jn 16, 16-22)
16Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver». 17Comentaron entonces algunos discípulos: «¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”, y eso de “me voy al Padre”?». 18Y se preguntaban: «¿Qué significa ese “poco”? No entendemos lo que dice». 19Comprendió Jesús que querían preguntarle y les dijo: «¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: “Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver”? 20En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. 21La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. 22También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría.
Reflexión
I. A partir de este III Domingo después de Pascua, la Liturgia de la Iglesia dirige nuestra mirada para prepararnos a celebrar los misterios de la Ascensión de Cristo y de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Durante estas semanas, los Evangelios están tomados del discurso del Señor a los Apóstoles la noche de la Última Cena, unas palabras que pueden ser calificadas como «el testamento del Corazón de Jesús» y que nos describen «como comprendidos en una misma perspectiva profética los misterios de su muerte, resurrección, regreso al Padre y venida del Espíritu Santo» (Schuster, cit.por Verbum Vitae, IV, nº 959).
II. En los versículos que se leen hoy (Jn 16, 16-22), Jesús acentúa el anuncio de su próxima partida a fin de disponer a los Apóstoles para la separación; pero al mismo tiempo les da la seguridad de su vuelta y de su presencia en medio de ellos para prevenirlos contra el desaliento: «En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría» (v. 20).
Con estas palabras, se nos exhorta a afrontar con paciencia las penalidades de esta vida esperando así la felicidad del Cielo. Cristo resucitado nos anuncia la Pascua que estamos llamados a celebrar con Él en el Cielo, donde le volveremos a ver y la breve demora del tiempo de nuestra vida en la tierra: «Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver» (v. 16). En relación con esto podemos considerar:
Caminamos, pero no lo hacemos sin un rumbo. Caminamos como el peregrino que no solo sabe a dónde va, sino que sabe también que Cristo camina a su lado, y que es Él mismo el que le da la fortaleza para avanzar cada día. Caminamos hacia arriba, hacia la Jerusalén del cielo, en donde la esperanza tendrá su pleno cumplimiento en Dios.
III. La virtud de la esperanza es la virtud primaria correspondiente al estado de viador; es la auténtica virtud del «aún no». La esperanza es la virtud del caminante. Virtud teologal, por una parte, que apunta directamente al Cielo. Virtud humana que nos permite mirar el mundo, con sus problemas y sus gentes, con un realismo optimista, sabiendo que solamente Dios tiene la última palabra.
Pensemos frecuentemente en el Cielo y en contemplar a Dios por toda la eternidad. Que esto nos sirva de estímulo en medio de las dificultades. Y para alcanzar esta gracia invocamos a la Virgen María como esperanza nuestra: «Con razón la Iglesia llama a María «Madre de la santa esperanza» (Eclo 24, 24); la madre que hace nacer en nosotros, no la vana esperanza de los bienes miserables y efímeros de esta vida, sino la esperanza de los bienes inmensos y eternos de la vida bienaventurada» (San Alfonso Mª de Ligorio, Las glorias de María).