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26 abril 2025 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Domingo «in albis» en la Octava de Pascua: 27-abril-2025

Epístola (1Jn 5, 4-10)

4Pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. 5¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? 6Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. 7Porque tres son los que dan testimonio: 8el Espíritu, el agua y la sangre, y el testimonio de los tres es único. 9Si aceptamos el testimonio humano, mayor es el testimonio de Dios. Pues este es el testimonio de Dios, que ha dado testimonio acerca de su Hijo. 10El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo. Quien no cree a Dios lo hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo

Evangelio (Jn 20, 19-31)

19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 24Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». 26A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». 27Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». 28Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». 29Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». 30Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión

James TISSOT, La incredulidad de santo Tomás (c. 1886-94), Brooklyn Museum

I. Desde el punto de vista de la Liturgia de la Iglesia, todo el tiempo que va desde el Domingo de Resurrección hasta la Ascensión del Señor es una continuación y prolongación de aquella misma fiesta de Pascua.

El nombre que le damos a ese día y a todo este tiempo litúrgico era el mismo que recibía la mayor solemnidad que se celebraba en el Antiguo Testamento y que fue instituida en memoria de la libertad de la servidumbre en Egipto, obtenida por el pueblo de Dios. La palabra «pascua» procede del hebreo y significa «paso». Para nosotros, indica que Jesucristo pasó de la muerte a la vida y que nos ha trasladado de la muerte del pecado a la verdadera vida cuando recibimos la gracia que Él nos mereció y alcanzó con su sacrificio redentor.

A lo largo de todo este tiempo hay un pensamiento básico que se nos va presentando bajo nuevos matices y modalidades: Jesús, que murió en la Cruz, ha resucitado. No es una figura que pasó, que tuvo un lugar en el tiempo y en el espacio pero se fue, dejándonos como mucho un recuerdo cada vez más desdibujado. Jesucristo vive como cabeza de la Iglesia, en el Reino glorioso del Padre y las apariciones de Jesús resucitado a los Apóstoles (como las dos que nos presenta el Evangelio de este Domingo: Jn 20, 19-31) subrayan esta realidad de su presencia en medio de nosotros.

II. Una de las manifestaciones más importantes de esa presencia de Cristo resucitado es la nota de apostólica que caracteriza a la Iglesia fundada por el mismo Jesucristo y a la que cada uno de nosotros hemos sido convocados por una gracia particular «para que con la luz de la fe y la observancia de la divina ley le demos el debido culto y lleguemos a la vida eterna»[1]. La Iglesia es apostólica:

  • «porque se remonta sin interrupción hasta los Apóstoles y fue fundada y edificada sobre ellos y su testimonio;
  • porque cree y enseña todo lo que ellos creyeron y enseñaron
  • y porque sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles mediante los obispos que les suceden en su ministerio pastoral[2].

Pertenece a la fe de la Iglesia la afirmación de que Cristo quiso establecer una sociedad jerárquica, es decir, estructurada por los obispos sucesores de los Apóstoles. La asistencia del Espíritu a la Iglesia garantiza la infalibilidad en determinadas situaciones, pero no que se vaya a actuar siempre de la mejor manera posible.

En el Credo se confiesa que la Iglesia es santa, pero al mismo tiempo podemos constatar que muchos de sus miembros, incluso entre la jerarquía, no lo somos. En realidad, la santidad de la Iglesia se relaciona con la santidad de Dios de la que participa en cuanto esposa de Cristo (cfr. Ef 5, 26-27) y es santa, porque tiene los medios de santificación, como son la Palabra de Dios y los sacramentos. La Iglesia es santa porque aunque sus miembros pequen, no pecan en cuanto miembros de la Iglesia, sino que al pecar se alejan en parte de la misma ()[3].

Precisamente en el Evangelio que estamos comentando vemos la institución del sacramento de la penitencia por Jesús resucitado: «Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia»[4].

III. La Resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra esperanza, una virtud a cuya vivencia se nos exhorta de manera particular en este Año Santo de 2025. Unidos a Él por la gracia, confiamos estar para siempre en la Gloria, en compañía de quien hemos conocido, hemos amado y de cuya vida divina hemos empezado a participar desde el día de nuestro bautismo.


[1] Catecismo mayor I, 10, nº 147.

[2] Cfr. Ibíd., nº 162. «Digno y justo es […] rogarte, Señor, suplicando, Pastor eterno, que no abandones a tu rebaño, sino que por tus santos Apóstoles lo guardes con continua protección, para que sea gobernado por los mismos rectores que elegiste para pastores tuyos y vicarios de tu obra»: Misal Romano, Prefacio de los Apóstoles, Eloíno NÁCAR FUSTER; Alberto COLUNGA, Misal ritual latino-español y devocionario, Barcelona: Editorial Vallés, 1959, [34].

[3] Cfr. Eduardo VADILLO ROMERO, Breve síntesis académica de Teología, Toledo: Instituto Teológico San Ildefonso, 2010, 268-269

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1444.