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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Lección Primera: Os 6, 1-6
1«Vamos, volvamos al Señor. | Porque él ha desgarrado, | y él nos curará; | él nos ha golpeado, | y él nos vendará. 2En dos días nos volverá a la vida | y al tercero nos hará resurgir; | viviremos en su presencia 3y comprenderemos. | Procuremos conocer al Señor. | Su manifestación es segura como la aurora. | Vendrá como la lluvia, | como la lluvia de primavera | que empapa la tierra». 4¿Qué haré de ti, Efraín, | qué haré de ti, Judá? | Vuestro amor es como nube mañanera, | como el rocío que al alba desaparece. 5Sobre una roca tallé mis mandamientos; | los castigué por medio de los profetas | con las palabras de mi boca. | Mi juicio se manifestará como la luz. 6Quiero misericordia y no sacrificio, | conocimiento de Dios, más que holocaustos.
Lección Segunda: Ex 12, 1-11
1Dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: 2«Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. 3Decid a toda la asamblea de los hijos de Israel: “El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. 4Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino más próximo a su casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo. 5Será un animal sin defecto, macho, de un año; lo escogeréis entre los corderos o los cabritos. 6Lo guardaréis hasta el día catorce del mes y toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer”. 7Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. 8Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas. 9No comeréis de ella nada crudo, ni cocido en agua, sino asado a fuego: con cabeza, patas y vísceras. 10No dejaréis restos para la mañana siguiente; y si sobra algo, lo quemaréis. 11Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor.
Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan (18, 1-40; 19, 1-42)
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC
Reflexión
I. En esta celebración litúrgica de la Pasión del Señor se nos recuerda la misericordia que Dios ha tenido con los hombres a lo largo de la historia de la salvación, evocando intervenciones como la libertad de la servidumbre de Egipto, obtenida por el pueblo de Dios. Pero sobre todo, se nos invita a adorar y darle gracias por la mayor de sus misericordias que ha sido la obra de nuestra redención mediante la Cruz de Jesucristo.
Dios había puesto la «salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que de donde salió la muerte, saliese la vida, y el que en un árbol venció, en un árbol fuese vencido por Cristo nuestro Señor». Por eso se nos exhortará en esta Liturgia a adorar «el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo».
Desde aquel primer Viernes Santo de la historia, la Cruz de Jesucristo da paso una forma de establecer la relación de Dios con los hombres que en la Revelación divina se llama ALIANZA. Como se dice en las palabras de la Consagración del Cáliz en la Misa: «este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados».
II. ¿Por qué esta alianza es nueva y eterna? Durante el Antiguo Testamento (=alianza), el contenido de esta alianza es que Dios habría de salvar al hombre por medio de un Redentor prometido, con la condición de que prestasen fe a su palabra y obediencia a sus leyes.
El plan salvador de Dios fue pronosticado en la alianza con Abraham, continuado en la alianza del Sinaí, y precisado en la alianza con David, explícitamente mesiánica.
En aquella alianza del Antiguo Testamento faltaba el principio interior de la gracia, que transforma a los hombres. Por los profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres, y que será grabada en los corazones: «Ya llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva» (Jer 31, 31).
Este plan de salvación quedará plena y definitivamente realizado en la redención: muerte y resurrección de Jesús, Mesías, verdadero hijo de Dios (SPADAFORA, 23). La muerte de Cristo es «el sacrificio de la Nueva Alianza que devuelve al hombre a la comunión con Dios reconciliándole con Él» (CEC 613).
Desde entonces, el hombre es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor (ibíd. 357). Es verdad que Jesucristo ha muerto en la Cruz para redimir a todos pero es necesario aplicar a cada uno el fruto y los méritos de su pasión y muerte. Para ello, debemos cumplir la ley de Dios y acudir a las fuentes de la gracia que son los Sacramentos, de manera muy especial en el tiempo pascual que se acerca, renovando las promesas bautismales y recibiendo la Penitencia y la Eucaristía.
Esta es la vida cristiana, vida según la Ley nueva o Ley evangélica, que cumple la promesa de una nueva alianza grabada en los corazones porque nos hace pasar a la condición de hijos de Dios y nos confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos (ibíd. 1972).
III. Como nos recuerda el evangelista san Juan: «Junto a la Cruz de Jesús estaba su Madre» (19, 25). Para amar la Cruz de Jesús y recibir cada día sus frutos, invocamos a Nuestra Señora la Virgen María, nos acercamos a su Corazón con ánimo y decisión de unirnos a su dolor. Que el misterio de la Cruz que hoy veneramos nos ayude a vivir como hijos de Dios, cumpliendo sus mandamientos y perseverando en el único camino que conduce a la vida eterna y verdadera.