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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (Rom 13, 11-14)
11Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. 12La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. 13Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. 14Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no deis pábulo a la carne siguiendo sus deseos.
Evangelio (Lc 21, 25-33)
25Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, 26desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. 27Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. 28Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». 29Y les dijo una parábola: «Fijaos en la higuera y en todos los demás árboles: 30cuando veis que ya echan brotes, conocéis por vosotros mismos que ya está llegando el verano. 31Igualmente vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. 32En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. 33El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Políptico del Juicio Final (Rogier van der Weyden)
Reflexión
I. El año litúrgico comienza con un tiempo que se denomina Adviento, palabra que quiere decir advenimiento o venida, y que se prolonga durante las cuatro semanas que preceden a la fiesta de Navidad.
Los textos que utiliza la Iglesia durante todos estos días nos descubren claramente la intención de hacernos compartir el pensamiento y el espíritu de los patriarcas y profetas de Israel que deseaban la llegada del Mesías. Y así contemplamos a Jacob, Judá, Moisés, David, Jeremías, Ezequiel, Daniel…; pero, sobre todo, a Isaías, san Juan Bautista, san José, y la santísima Virgen María, que resume en sí misma todas las esperanzas mesiánicas, puesto que de su Fiat dependió su realización [1].
Todas estas santas almas anhelaban la venida del Salvador y, llevados de sus encendidos deseos, suplicaban acelerar su llegada. Ahora bien, sabemos que esta venida de Cristo, anunciada por los Profetas y esperada por todo el pueblo de Dios es doble:
Los Profetas del Antiguo Testamento no separaron estas dos venidas; por eso la liturgia del Adviento, que nos enseña con sus palabras proféticas, habla a su vez de una y otra. Este Tiempo nos proporciona, por una parte, las disposiciones que debemos tener para celebrar los misterios de la primera venida de Jesús y, por otra parte, nos prepara a incorporarnos al número de los salvados cuando Jesucristo regrese en su segunda venida.
II. Las palabras de Jesús anunciándonos su venida final para la liberación definitiva, fundamentan la esperanza de los que vivimos hoy y nos invitan a vivir vigilantes:
Esta recomendación del Salvador, añadida a sus insistentes exhortaciones a la vigilancia, muestra que la prudencia cristiana no está en desentenderse de estos grandes misterios, sino en prestar la debida atención a las señales que Él bondadosamente nos anticipa, tanto más cuanto que el supremo acontecimiento puede sorprendernos en un instante, menos previsible que el momento de la muerte (STRAUBINGER, in v. 28).
«Toda la sagrada Escritura está llena de testimonios que a cada paso se ofrecerán a los Párrocos, no solamente para confirmar esta venida sino aun también para ponerla bien patente a la consideración de los fieles; para que así como aquel día del Señor en que tomó carne humana, fue muy deseado de todos los justos de la ley antigua desde el principio del mundo, porque en aquel misterio tenían puesta toda la esperanza de su libertad, así también después de la muerte del Hijo de Dios y su Ascensión al cielo, deseemos nosotros con vehementísimo anhelo el otro día del Señor “esperando el premio eterno, y la gloriosa venida del gran Dios”» [3]
En la Epístola (Rm 13, 11-14), el Apóstol también nos exhorta a la vigilancia, sin dejarnos arrastrar por las tendencias de la carne y los espejismos del mundo, pues el tiempo es breve y se acerca la glorificación final que tendrá lugar en la venida de Cristo en la Parusía: «La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz» (v. 12). Ese tiempo en que estamos es el tiempo intermedio entre las dos venidas de Jesucristo, tiempo de la Iglesia militante. Y la salvación (v. 11) que se acerca no es la meramente incoada que tenemos ahora sino su consumación final definitiva. De una parte, pertenecemos ya al mundo de la luz y debemos obrar en consecuencia (vv.12-14); de otra, estamos aún rodeados de tinieblas, con peligro de que nos envuelvan, de ahí la necesidad de vigilancia o incluso de combate con las «armas de la luz»[4].
Como no se sabe cuándo tendrá lugar esa venida de Jesús en gloria y majestad, la actitud del cristiano debe ser la de llevar una vida digna de Cristo, en la que por encima de todo prevalezca la caridad. Es la advertencia que constantemente nos da Jesús de estar preparados no sólo para la hora final de nuestra muerte, sino para su venida que puede ser en cualquier momento. Esta esperanza en la última venida de Jesucristo en gloria y majestad tiene en nosotros estos efectos:
III. Durante el tiempo de Adviento, la Liturgia celebra con frecuencia a la Virgen María, nos la propone como ejemplo de fe y humildad y subraya su presencia en los acontecimientos de gracia que precedieron y rodearon al nacimiento de Jesús. Aprendamos de Ella a vivir en vigilancia, desde una esperanza profunda que sólo la venida de Dios puede colmar de plenitud.
«Haz, Señor, muestra de tu poder y ven, para que por tu protección merezcamos vernos libres de los peligros que por nuestros pecados nos amenazan y por tu gracia ser salvados. Tú, que vives y reinas con Dios Padre, en unidad del Espíritu Santo, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén»[5].
[1] Cfr. Catecismo Mayor, Instrucción sobre las fiestas…, I, 1.
[2] Cfr. Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in Lc 21, 28 y Rm 8, 23.
[3] Catecismo Romano I, 8, 2.
[4] Cfr. Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 355-356. Otras referencias a las «armas de la luz» en: 2Cor 6, 7; 10, 4; Ef 6, 11-18. En este último texto, san Pablo se sirve las armas de los soldados romanos como un símbolo de las espirituales que el cristiano ha de usar en su lucha contra el diablo y el pecado.
[5] Misal Romano, I Domingo de Adviento, or.colecta: traducción de Eloíno NÁCAR FUSTER; Alberto COLUNGA, Misal ritual latino-español y devocionario, Barcelona: Editorial Vallés, 1959, 45.