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1 marzo 2026 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

II Domingo de Cuaresma: 1-marzo-2026

Epístola (1 Tes 4, 1-7)

1Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús: ya habéis aprendido de nosotros cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguid adelante. 2Pues ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús. 3Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, 4que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, 5no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. 6Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y os aseguramos: 7Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa.

Evangelio (Mt 17, 1-9)

1Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 2Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 5Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». 6Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 7Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». 8Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 9Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». 

James TISSOT, La Transfiguración (c. 1886-94), Brooklyn Museum

Reflexión

I. El Evangelio del pasado Domingo nos presentaba a Jesús como el Hijo de Dios encarnado, que comparte con la naturaleza humana incluso el verse sometido a la tentación. Hoy lo contemplamos como el Hijo de Dios que nos revela su naturaleza divina y nos invita a participar de esa misma vida divina mediante la gracia (Mt 17, 1-9).

Esta enseñanza la encontramos en el misterio de la vida de Cristo que llamamos la Transfiguración y que san Mateo describe así: «Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (v. 2). Dos elementos encontramos en esta descripción: el hecho de transfigurarse y la luz que emana de esa figura con la que Jesús se revela.

  • Transfigurarse es cambiar una figura por otra figura. En la Encarnación, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad asumió una naturaleza humana completa y perfecta. Tomó la manera de ser propia de nuestro cuerpo. Ahora, Jesús deja esa figura ordinaria como la nuestra y toma otra.
  • Esta figura es toda ella luz, blancura, esplendor… Esta luz no estaba sobre Él, sino que se desprendía de Él. no se posaba sobre Jesús como un rayo procedente de lo alto, sino que salía, fluía de Él. Se trata del esplendor de la gloria divina de Jesús, que ilumina toda la historia de la salvación representada en la presencia de Moisés y Elías. Ellos ratifican que Áquel era el Mesías anunciado y que su muerte y resurrección iban a ser el cumplimento de lo que Dios había preparado mediante la Ley que dio al pueblo de Israel y el testimonio de los Profetas («Felipe encuentra a Natanael y le dice: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret»: Jn 1, 45).

II. La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los Apóstoles ante la proximidad de la Pasión. La enseñanza de este misterio es que la gloria de Cristo pasa por los padecimientos y la muerte. La Transfiguración del Señor «es una imagen de la resurrección; y es una imagen de la santidad» (L. Castellani).

«Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación […] Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa» (Epístola). Es decir, que la santidad es para todos los hijos de Dios y es un ofrecimiento de Dios que nos invita a ser santos como Él es santo. Si aceptamos, si lo deseamos con sinceridad, Él mismo nos da entonces su propio Espíritu, que es el Espíritu de santidad (Rm. 5, 5), de la propia santidad de Dios. Podemos decir que nuestra santidad es un reflejo de esa luz que es Cristo y nuestra luminosidad será tanto mayor cuanto más lisa sea la superficie que la refleja, es decir, cuanto más quitemos nuestros obstáculos para vivir y obrar según todo lo que nos viene de Él (STRAUBINGER in v. 7).

Para irnos transformando y modelarnos de acuerdo con Jesucristo, hacer nuestra su figura, podemos hablar de nuestra propia transfiguración que no es otra cosa que esa santificación de la que estamos hablando. Esta transfiguración nuestra es posible por la unión con Cristo que comenzó el día del Bautismo y en la que tenemos que continuar creciendo a lo largo de toda la vida hasta llegar a su madurez en el momento de la muerte. Para este crecimiento podemos recordar dos medios:

  • Vivir el camino de la cruz en nuestra vida concreta. El mismo Jesús dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga» (Lc 9, 23). El sacrificio tiene que estar presente en la vida del cristiano, como lo estuvo en la vida de Cristo. No hay santidad sin renuncia y sin un cierto combate espiritual que se puede manifestar manifestar en la capacidad de hacer frente a las contrariedades de cada día y de poner orden en el caos interior que a veces tenemos; es decir, ordenar los afectos y las referencias de nuestra propia vida (Dios-los otros-yo) para identificar la propia voluntad con la de Dios.
  • Dejar que sea Cristo el que haga esta obra mediante la fuerza de su gracia. Solo desde la experiencia del silencio y de la oración podremos llegar a un verdadero conocimiento de Jesús. Nos tenemos que dejar guiar por la gracia que el Señor nos otorga en la vida espiritual, y que se manifiesta en la vida de oración y en la vida sacramental de su Iglesia, especialmente la Eucaristía y el Sacramento de la confesión. «Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo» (CEC 556).

III. A la Virgen María encomendamos nuestro camino cuaresmal, así como el de toda la Iglesia. Ella que siguió a su Hijo Jesús hasta la Cruz, nos ayude a ser discípulos fieles de Cristo, para poder participar en la alegría de la Pascua. Renovemos con frecuencia durante esta Cuaresma el propósito de acoger la presencia divina en nuestra vida para, de esa manera, alcanzar un día la gloria que esperamos en el Cielo y que la gracia de Dios nos anticipa mientras vivimos en este mundo.