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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (1 Tes 4, 1-7)
1Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús: ya habéis aprendido de nosotros cómo comportarse para agradar a Dios; pues comportaos así y seguid adelante. 2Pues ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús. 3Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, 4que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, 5no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. 6Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y os aseguramos: 7Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa.
Evangelio (Mt 17, 1-9)
1Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 2Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 5Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». 6Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 7Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». 8Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 9Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

James TISSOT, La Transfiguración (c. 1886-94), Brooklyn Museum
Reflexión
I. El Evangelio del pasado Domingo nos presentaba a Jesús como el Hijo de Dios encarnado, que comparte con la naturaleza humana incluso el verse sometido a la tentación. Hoy lo contemplamos como el Hijo de Dios que nos revela su naturaleza divina y nos invita a participar de esa misma vida divina mediante la gracia (Mt 17, 1-9).
Esta enseñanza la encontramos en el misterio de la vida de Cristo que llamamos la Transfiguración y que san Mateo describe así: «Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (v. 2). Dos elementos encontramos en esta descripción: el hecho de transfigurarse y la luz que emana de esa figura con la que Jesús se revela.
II. La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los Apóstoles ante la proximidad de la Pasión. La enseñanza de este misterio es que la gloria de Cristo pasa por los padecimientos y la muerte. La Transfiguración del Señor «es una imagen de la resurrección; y es una imagen de la santidad» (L. Castellani).
«Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación […] Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa» (Epístola). Es decir, que la santidad es para todos los hijos de Dios y es un ofrecimiento de Dios que nos invita a ser santos como Él es santo. Si aceptamos, si lo deseamos con sinceridad, Él mismo nos da entonces su propio Espíritu, que es el Espíritu de santidad (Rm. 5, 5), de la propia santidad de Dios. Podemos decir que nuestra santidad es un reflejo de esa luz que es Cristo y nuestra luminosidad será tanto mayor cuanto más lisa sea la superficie que la refleja, es decir, cuanto más quitemos nuestros obstáculos para vivir y obrar según todo lo que nos viene de Él (STRAUBINGER in v. 7).
Para irnos transformando y modelarnos de acuerdo con Jesucristo, hacer nuestra su figura, podemos hablar de nuestra propia transfiguración que no es otra cosa que esa santificación de la que estamos hablando. Esta transfiguración nuestra es posible por la unión con Cristo que comenzó el día del Bautismo y en la que tenemos que continuar creciendo a lo largo de toda la vida hasta llegar a su madurez en el momento de la muerte. Para este crecimiento podemos recordar dos medios:
III. A la Virgen María encomendamos nuestro camino cuaresmal, así como el de toda la Iglesia. Ella que siguió a su Hijo Jesús hasta la Cruz, nos ayude a ser discípulos fieles de Cristo, para poder participar en la alegría de la Pascua. Renovemos con frecuencia durante esta Cuaresma el propósito de acoger la presencia divina en nuestra vida para, de esa manera, alcanzar un día la gloria que esperamos en el Cielo y que la gracia de Dios nos anticipa mientras vivimos en este mundo.