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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (1Cor 10, 6-13)
6Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos. 7Y para que no seáis idólatras como algunos de ellos, según está escrito: El pueblo se sentó a comer y a beber y se levantaron a divertirse. 8Y para que no forniquemos, como fornicaron algunos de ellos, y cayeron en un solo día veintitrés mil. 9Y para que no tentemos a Cristo, como lo tentaron algunos de ellos, y murieron mordidos por las serpientes. 10Y para que no murmuréis, como murmuraron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador. 11Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. 12Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer. 13No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla.
Evangelio (Lc 16, 1-9)
41Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, 42mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. 43Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, 44te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita». 45Después entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, 46diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”». 47Todos los días enseñaba en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él
Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

James Tissot: Jesús llora sobre Jerusalén (1884-96) Brooklyn Museum
Reflexión
I. En la Epístola de este Domingo (1Cor 10, 6-13) el apóstol san Pablo evoca la historia del pueblo de Israel durante el Éxodo.
Ha pasado bastante tiempo después de los grandes y prodigiosos sucesos de la salida de Egipto. Los israelitas se encuentran ya en medio de la inmensa vastedad del desierto. Por eso se vuelven nostálgicos hacia lo que habían dejado atrás. Algunos fabrican un becerro de oro y se entregan a la idolatría; no faltan los que se insubordinan y comienzan a murmurar de Dios y de Moisés… Por ese comportamiento «la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto» (v. 5). Es decir, todos ellos habían sido colmados por Dios con extraordinarios dones, y, sin embargo, la mayor parte de ellos murieron sin llegar hasta la meta de la tierra prometida.
Este ejemplo era tanto más expresivo cuanto que la comunidad israelítica del desierto era considerada por las primitivas comunidades cristianas como la comunidad ideal, tipo de la futura comunidad mesiánica, que eran ellos. Es así como se entienden mejor las aplicaciones que aquí hace San Pablo a la vida de los cristianos en la Iglesia[1]: «Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer» (vv. 11-12).
El Evangelio (Lc 19, 41-47) nos presenta al Salvador en el Monte de los Olivos inmediatamente después de su entrada triunfal en Jerusalén el Domingo antes de la Pasión y llorando sobre la ciudad a la que hace un último llamamiento misericordioso: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz!» (v. 42). El Señor no tuvo reparo en llorar por el amor que tenía a la Ciudad Santa, y porque veía en espíritu la terrible suerte que vendría sobre ella por obra de sus conductores[2]. En la definitiva reprobación del pueblo elegido vemos dónde desembocan las sucesivas infidelidades de aquel pueblo en el desierto. en la resistencia a los oráculos de los profetas y, finalmente, en el rechazo al Mesías enviado por Dios: su propio hijo (cfr. parábolas de los viñadores homicidas y del banquete nupcial).
II. Con esta explicación, se entiende mejor la idea de la Epístola de que aquello «les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro»: así como los israelitas fueron bautizados en la nube y en el mar (vv.1-2) y alimentados con un manjar espiritual (vv.3-4), así también nosotros recibimos las aguas del Bautismo y nos alimenta la gracia de Dios en la oración y los sacramentos. Y se nos ha de aplicar la misma conclusión: «Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer» (v. 12). Es decir que no estamos aún confirmados en la gracia, y que nuestra carne estará inclinada al mal hasta el fin, por lo cual, aunque ya somos salvos en esperanza (Rm. 8, 4), hemos de saber que sólo podremos vencer nuestras malas inclinaciones recurriendo a la vida según el espíritu[3].
La vida presente es un tiempo de preparación para la eternidad y, por tanto, de prueba. El hombre no tiene aquí abajo su morada definitiva: ha sido creado para un destino sobrenatural que supera infinitamente los bienes pasajeros de este mundo. Además, al término de su vida terrena, cada uno comparecerá ante el tribunal de Cristo y recibirá, según sus pensamientos, palabras, acciones y omisiones, la sentencia sobre su destino eterno.
Por eso cualquier doctrina que disminuya la realidad de las penas eternas o sugiera que todos los hombres serán finalmente salvados, quedando el infierno vacío, en la práctica viene a producir un efecto tan demoledor como lo sería la negación de la bienaventuranza eterna en la gloria del Cielo.
En primero lugar porque la predicación de estas verdades despierta a las almas y las orienta hacia la salvación. Pero también por un argumento que explica con mucha profundidad Romano Amerio: «se trata de mantener la diferencia entre las cosas y de proclamar que no pueden ser abolidas por obra del tiempo». La víctima lo será por toda la eternidad y, si no hay arrepentimiento y penitencia, su asesino también. El infierno es la diferencia entre uno y otro: «es la conservación de las esencias. Lo único aniquilable es la culpa, anulada por obra de la misericordia divina mediante el perdón; pero previo arrepentimiento del hombre, y no sin él»[4].
Ciertamente, es muy probable que entre nosotros hoy no haya ningún asesino en el sentido literal de la palabra. Pero esta verdad eterna se proyecta con la misma fuerza sobre los dramas silenciosos de nuestra vida cotidiana. El infierno y el cielo representan también la diferencia eterna entre quien decide ser fiel a Dios y quien decide pisotear esa fidelidad. Pensemos en el esfuerzo heroico de tantos padres y madres de familia que, a costa de sacrificios ocultos, de cansancios y de renuncias, se mantienen fieles a sus promesas y educan a sus hijos, frente a quienes abandonan egoístamente sus deberes. Pensemos en el profesional o el trabajador que prefiere perder dinero, prestigio o un ascenso antes que manchar sus manos con una injusticia, una mentira o una corrupción, frente a quien prospera rápidamente pisoteando la ley moral.
El tiempo no borrará esa diferencia. El esfuerzo concreto que hoy os cuesta manteneros fieles a Dios en vuestra vida familiar, profesional o matrimonial no caerá en el olvido ni quedará diluido en un optimismo barato. Dios toma nota de cada lágrima, de cada desprecio soportado por su nombre y de cada renuncia silenciosa. Al final, la eternidad proclamará que el esfuerzo valió la pena y que la justicia de Dios conserva el valor de cada acto de fidelidad.
La esperanza cristiana no es, por tanto, ni optimismo terreno ni incertidumbre. Es la espera confiada del Reino eterno, fundada en las promesas de Dios y alimentada por la gracia. Ella permite al cristiano trabajar aquí abajo sin olvidar que su patria está en el cielo, y combatir los errores de su tiempo sin perder la paz del alma.
III. Examinemos si hay algo en nuestra vida que nos separa del Señor, en lo que no luchamos como deberíamos; examinemos si evitamos toda ocasión próxima de pecar, si tenemos que tomar alguna decisión en nuestra vida llamada a permanecer por toda la eternidad… No olvidemos que este camino estrecho tiene un término, el cielo, que es algo inmensamente grande y para siempre. Acudamos a la Virgen Santísima para que la virtud de la esperanza nos mueva para alcanzar un día la meta de la gloria en el Cielo.
[1] Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 418.
[2] Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: Lc 19, 41.
[3] Juan STRAUBINGER, o. c., in: 1Cor 10, 12.
[4] Romano AMERIO, Iota unum, ed. digital, versión corregida, septiembre-2011, <http://www.traditio-op.org/apologetica/Iota_unum,_Romano_Amerio.pdf>, 555.