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«La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas»
Epístola (1Cor 4, 9-15)
9Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. 10Nosotros unos locos por Cristo, vosotros, sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; 11hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, 12nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; 13nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy. 14No os escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros. Porque os quiero como a hijos; 15ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús.
Evangelio (Mt 20, 20-23)
20Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. 21Él le preguntó: «¿Qué deseas?». Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». 22Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?». Contestaron: «Podemos». 23Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
Reflexión
I. En este día solemne, la Iglesia nos propone como modelo de santidad y nos pone bajo la poderosa intercesión del apóstol Santiago.
Los testimonios más venerables de la Antigüedad cristiana nos aseguran que, tras haber predicado el Evangelio en las tierras de Palestina, Santiago marchó a Hispania, situada en el extremo occidental del mundo entonces conocido y del Imperio romano. Vuelto más tarde a Jerusalén, allí fue el primero de los apóstoles en dar su vida por Cristo, como leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 12, 1-2).
España ha proclamado y experimentado durante siglos, la constante protección del Apóstol, tanto en la defensa heroica de la fe católica como en la salvaguarda de su propia independencia, así como en su providencial asistencia en la inmensa acción misionera que contribuyó a propagar la Iglesia y la civilización cristiana por todo el mundo. Por tanto, al celebrar hoy la fiesta de Santiago, la Liturgia lo pone como un ejemplo vivo para nuestra vida cristiana actual, no solo a nivel individual y privado, sino también en su dimensión pública como patrono y protector de España.
II. Volviendo al libro de los Hechos de los Apóstoles, vemos cómo, en los primeros pasos del cristianismo naciente, los apóstoles daban testimonio de la resurrección de Jesucristo con su predicación y los milagros que hacían. Las mismas autoridades judías que poco antes habían condenado a muerte a Jesús, pretendieron imponerles silencio y, con tono amenazante, les dijeron: «Os hemos ordenado formalmente que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado Jerusalén de vuestra doctrina». Pero ellos respondieron con firmeza: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 28-29).
Estas palabras nos recuerdan una verdad fundamental de nuestra fe: no solamente tenemos unos deberes religiosos como personas individuales, sino que también existen unos deberes religiosos propios de la sociedad entera y del Estado.
Estos deberes se fundamentan en el hecho de que la sociedad civil procede, exactamente igual que el hombre mismo, de la voluntad creadora de Dios.
La persona humana no es un ser aislado; la vida social no constituye para el hombre algo superficial o sobreañadido, sino una exigencia profunda de su propia naturaleza (CEC 1879). Y si el hombre, por justicia, tiene deberes religiosos para con su Creador, lógicamente también los tiene la sociedad que él conforma. Por eso, la verdadera fortaleza de una comunidad y de sus gobernantes radica en someter sus leyes al imperio de la Verdad divina.
Frente a la idea de que todo vale y que no hay verdades fijas, la cual caracteriza hoy muchos aspectos del mundo en que vivimos, el testimonio valiente de los Apóstoles nos recuerda de forma apremiante que hay realidades sagradas que no cambian y que no pueden sustentarse jamás sobre modas pasajeras o simples mayorías de opinión.
Por el contrario, la convivencia humana debe cimentarse sólidamente en el bien y la verdad que Dios ha inscrito en el corazón de cada ser humano. Esta es la ley natural, un orden moral común a todos los hombres que debe ser siempre el fundamento y el límite de las leyes civiles y de la legislación positiva que dictan los Estados; pues ninguna ley de los hombres es justa si contradice la verdad del Creador.
Santiago Apóstol dio testimonio de esta enseñanza sellando su fidelidad a Dios con el martirio, recordándonos que la espada del tirano jamás podrá silenciar la soberanía de la Verdad.
III. Que el Señor nos conceda en esta fiesta la gracia de vivir nuestro cristianismo de un modo íntegro y sin rebajas, imitando el temple espiritual de Santiago y asumiendo en nuestra conducta cotidiana que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».
Pongamos estos deseos en el altar bajo la mirada protectora de la Virgen María, quien, junto con el santo Apóstol, alentó los primeros pasos de la fe en nuestra Patria y nos sigue sosteniendo con su amparo maternal. Amén.