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9 julio 2026 • Ante el clamor actual, bien podría decirse: «Permanezcamos fieles a la tradición y sigamos adelante como antes» • Fuente: Monasterio de San Benito (Brignoles)

Desde Mi Campanario

Llamados a rezar y a trabajar por la reconciliación y la unidad católica

Publicamos una traducción en Google (revisada) de la Homilía pronunciada en el Monasterio de San Benito (Brignoles, Francia) el pasado Domingo 5 de julio (VI Después de Pentecostés). Texto original en inglés y francés publicado en:

https://www.monasterebrignoles.org/news/a-homily-for-the-sixth-sunday-after-pentecost-homelie-pour-le-sixieme-dimanche-apres-la-pentecote

† «Ad te Domine, clamabo, Deus meus, ne sileas a me; ne quando taceas a me, et assimilabor descendentibus in lacum»

Así canta la Iglesia en el Introito de esta santa Misa. «A Ti, Señor, clamo; Roca mía, no permanezcas sordo a mi voz; no sea que, si me silencias, yo llegue a ser como los que bajan a la fosa».

Con estas palabras iniciales del Salmo 27, la santa liturgia expresa acertadamente la angustia de muchas almas ante los recientes acontecimientos en el seno de la Iglesia. Independientemente de si se acepta o no que la desobediencia por motivos de conciencia a la ley positiva (es decir, humana, no divina) —en lo relativo a la consagración de obispos— está o estuvo justificada en las circunstancias actuales, y de si, por tanto, se puede tolerar una desobediencia material, pero no formal (es decir, que constituya de hecho un pecado grave), a la autoridad eclesiástica, nos enfrentamos ahora a una nueva crisis: una crisis de índole pastoral. En ella, los fieles —cuyo único deseo es permanecer fieles a la Iglesia y salvar sus propias almas y las de sus familias— se ven amenazados por el pecado de cisma y la pena de excomunión. Su angustia es real y se ve agravada por comentarios que a menudo carecen de exactitud y de la necesaria precisión pastoral. Con razón sienten que todo esto es excesivo. Con razón exclaman esta mañana: «A Ti, Señor, clamo; Roca mía, no permanezcas sordo a mi voz; no sea que, si me silencias, yo llegue a ser como los que bajan a la fosa».

Que quede claro, pues: no existe pecado —ya sea de cisma o de cualquier otra naturaleza— en el mero hecho de buscar la salvación del alma a través de los ritos litúrgicos tradicionales de la Iglesia, como lo demuestran las oraciones por el Papa y por el obispo diocesano que en ellos se contienen. De hecho, tales oraciones dan testimonio de todo lo contrario al cisma. En el corazón mismo de nuestro culto público, constituyen manifestaciones de unidad y comunión católicas, no de división sectaria.

Además, nadie puede ser excomulgado simplemente por acceder —ya sea ocasional o habitualmente— a los ritos litúrgicos preconciliares a través de una comunidad que, ante Dios, consideró no tener más remedio que cometer un acto de desobediencia material al derecho canónico por motivos de conciencia, con el fin de sobrevivir y permanecer fiel a su vocación y misión. Cualquiera que sea la culpabilidad del clero —cuestión que no se abordará aquí—, incluso los documentos oficiales citados recientemente por la Santa Sede indican claramente que los fieles laicos que simplemente buscan adorar a Dios y recibir los sacramentos no incurren por ello en la pena de excomunión (véase: Nota explicativa del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, 24-agosto-1996).

Ante el clamor actual, bien podría decirse: «Permanezcamos fieles a la tradición y sigamos adelante como antes». Pues sigue siendo cierto que «[…] Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial» (Benedicto XVI, Carta a los obispos, 7-julio-2007).

Lamentablemente, esta verdad ha sido objeto de ataques orquestados por una ideología perniciosa, alimentada por la paranoia de ciertos clérigos liberales de avanzada edad. Basado en mentiras descaradas que manipularon sin pudor la voluntad de los obispos de todo el mundo —como bien sabemos—, el documento “Traditionis Custodes” (16-julio-2021) representa un desastre pastoral, litúrgico y eclesial. Pretendía acabar con la paz litúrgica que permitía el culto según los ritos antiguos —ritos que un número creciente de fieles había llegado a valorar y a considerar espiritualmente fructíferos—, empujando así a los católicos fieles a la clandestinidad, lejos de las parroquias y diócesis, o incluso, en ocasiones, fuera de la comunión visible de la Iglesia. El hecho de que los artífices de este escándalo y los principales impulsores de su despiadada aplicación permanezcan hoy en día en el centro del poder es motivo de profunda preocupación. Esto también podría explicar, en parte, la severidad tecnocrática con la que el Vaticano ha actuado en los últimos días.

El hecho de que “Traditionis Custodes” aún no haya sido abrogado —ya sea discretamente o de otro modo— y de que los obispos diocesanos sigan utilizándola para prohibir la celebración del antiguo rito romano, es uno de esos clamores que llegan al cielo. Con razón cantamos esta mañana: «A ti, Señor, te invoco; Roca mía, no te quedes sordo a mi voz, no sea que, si guardas silencio, yo me vuelva como los que bajan a la fosa».

La severidad contundente con la que el Vaticano ha reaccionado ante los acontecimientos de los últimos días —e incluso el silencio del Santo Padre al respecto— constituye otro motivo de grave preocupación. Desde hace algún tiempo, nos hacemos eco de las palabras del papa Benedicto XVI —un Papa que trabajó con fervor y éxito por la unidad eclesial y la paz litúrgica—:

«Mirando al pasado, a las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que en momentos críticos en los que la división estaba naciendo, no se ha hecho lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para conservar o conquistar la reconciliación y la unidad; se tiene la impresión de que las omisiones de la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones hayan podido consolidarse. Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo». (Carta a los obispos, 7-julio-2007)

Esta mañana, lamentablemente, sus palabras cobran mayor relevancia. Pudimos y debimos haber hecho más en los últimos meses, semanas y días. Debemos redoblar nuestros esfuerzos para tender puentes y abrir puertas. La lección de la parábola de la oveja perdida (Mt 18:12-14) se aplica independientemente de la opinión que se tenga sobre la oveja en cuestión o del grado de obstinación que se le atribuya.

En su afán por la unidad de la Iglesia, el papa Benedicto XVI levantó la excomunión de los cuatro obispos (en aquel entonces) de la Hermandad de San Pío X en 2008. En sus propias palabras, «que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota». Tanto fue así que el Papa consideró necesario escribir una defensa sin precedentes dirigida a los obispos de todo el mundo. Las preguntas que planteó allí siguen siendo muy relevantes hoy:

«¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que «tiene quejas contra ti» (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación? […] ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto? […] ¿Puede dejarnos totalmente indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? [Estadísticas actualizadas con base en las publicadas en 2025: 733 sacerdotes, 264 seminaristas, 5 seminarios, 94 escuelas, 2 institutos universitarios, 144 religiosos, 250 religiosas] ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 [733] sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con Él, al Dios vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?» (Carta a los obispos, 10-marzo-2009).

Es cierto que desde hace algún tiempo —y una vez más en esta ocasión concreta— hemos escuchado muchas observaciones desagradables por parte de ciertos representantes de esta comunidad: arrogancia y presunción, una obsesión por posturas unilaterales, etcétera. Pero ¿acaso la gran Iglesia no debería también permitirse ser generosa, consciente de su propia amplitud de miras y de la promesa que se le ha hecho? ¿No deberíamos nosotros, como buenos educadores, ser capaces también de pasar por alto diversas deficiencias y esforzarnos al máximo por abrir horizontes más amplios? ¿Y no deberíamos admitir que también en los círculos eclesiásticos han surgido ciertas cosas desagradables?

«Queridos Hermanos, por circunstancias fortuitas, en los días en que me vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga 5,13-15. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: “No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente» […]. Pero desgraciadamente este «morder y devorar» existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada. ¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los Gálatas? Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones? ¿Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ¿Y que una y otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor?» (Carta a los obispos, 10-marzo-2009).

El objetivo de estas observaciones no es tomar partido a favor o en contra de ningún grupo o individuo, y mucho menos juzgarlos o pretender excluirlos. No olvidemos que, si bien el hijo pródigo pecó descaradamente, su hermano mayor —que se creía libre de pecado— también pecó (cf. Lc 15, 11-32). Ambos fueron culpables de faltas graves de las que necesitaban arrepentirse.

Tampoco se trata en modo alguno de un ataque a nuestro Santo Padre; desconocemos sus motivos y sus intenciones y, aunque su silencio deja un vacío considerable, le debemos la paciencia propia del respeto filial. ¡Recemos fervientemente por el Santo Padre durante estos días!

El propósito de estas observaciones es simplemente recordar ciertas verdades fundamentales y subrayar que todos estamos llamados a rezar y a trabajar, de todas las formas posibles, por su reconocimiento, así como por la reconciliación y la unidad católica.

Aunque compartamos la angustia y el temor del salmista —temiendo que todo esté perdido y que nos precipitemos cada vez más rápido hacia el abismo (o que ya hayamos sido arrojados a él)—, la Sagrada Liturgia nos eleva ahora al altar de Dios. Allí, mediante los méritos infinitos del sacrificio de Cristo en la Cruz, todo lo que parece perdido puede recuperarse y todo lo que estaba muerto puede renacer a una vida nueva (cf. Lc 15, 32).


NOTA: La traducción de los textos de Benedicto XVI se ha tomado de las siguientes páginas:

https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/letters/2007/documents/hf_ben-xvi_let_20070707_lettera-vescovi.html

https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/letters/2009/documents/hf_ben-xvi_let_20090310_remissione-scomunica.html