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11 abril 2026 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Domingo «in albis» en la Octava de Pascua: 12-abril-2026

Epístola (1Jn 5, 4-10)

4Pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. 5¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? 6Este es el que vino por el agua y la sangre: Jesucristo. No solo en el agua, sino en el agua y en la sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. 7Porque tres son los que dan testimonio: 8el Espíritu, el agua y la sangre, y el testimonio de los tres es único. 9Si aceptamos el testimonio humano, mayor es el testimonio de Dios. Pues este es el testimonio de Dios, que ha dado testimonio acerca de su Hijo. 10El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo. Quien no cree a Dios lo hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo

Evangelio (Jn 20, 19-31)

19Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 24Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». 26A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». 27Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». 28Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». 29Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». 30Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión

James TISSOT, La incredulidad de santo Tomás (c. 1886-94), Brooklyn Museum

I. El Evangelio de este Domingo (Jn 20, 19-31) nos relata dos apariciones de Jesús resucitado que se ubican con precisión en el tiempo y en el mismo lugar: «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana». El primer día de la semana era el siguiente al sábado, día consagrado a Dios en el Antiguo Testamento y que nosotros llamamos domingo, es decir, día del Señor (dies domini”). La segunda aparición tiene lugar «a los ocho días», es decir, justo una semana después.

Podemos decir que la celebración del domingo que los cristianos llevamos a cabo cada semana procurando descansar de nuestras ocupaciones habituales y darle a Dios el culto que le es debido, viene a ser lo que es la celebración de la fiesta de Pascua en el año litúrgico, una especie de celebración de la Pascua semanal.

Celebrar el domingo, santificar el día del Señor, es comenzar a vivir verdaderamente la vida del Cielo en contacto vivificante con Cristo mediante la celebración de la Santa Misa en la que tiene lugar un encuentro con el Señor resucitado. Y ese encuentro es posible porque después de su Resurrección, Jesucristo vive en la dimensión de Dios, más allá del tiempo y del espacio, y sin embargo está realmente presente en medio de nosotros. No es una figura que pasó, que cumplió una misión y se fue, dejándonos como mucho un recuerdo que estaría cada vez más desdibujado, sino que sigue siendo aquel Dios-con-nosotros anunciado por los profetas (Mt 1, 23).

  • Ante todo, presente en la Eucaristía, sacramento en el cual se contiene verdadera, real y sustancialmente su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, bajo las especies del pan y del vino, para nuestro alimento espiritual.
  • Presente en su Iglesia. Permanece en los sacramentos, en la predicación, en su obra de santificación… Al enviar a sus Apóstoles a anunciar el Evangelio y establecer la Iglesia en todo el mundo, les garantiza «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20).

Gracias a esa presencia de Cristo resucitado, la Iglesia es más que nosotros, que los miembros que formamos parte de ella y podemos decir que la Iglesia es nuestra madre porque es el ámbito que nos garantiza la perenne actuación salvadora del Señor, particularmente a través de dos medios:

  • El magisterio de la Iglesia (lógicamente cuando lo es porque responde a su verdadera naturaleza), que nos transmite la fe pura, sin permitir que se disuelva en la corriente turbia de las cambiantes opiniones humanas.
  • Los sacramentos que nos levantan, por encima de una mera convivencia humana, a participar de una vida superior, la vida de la gracia, del «amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5, 5).
  • Presente en el cristiano que vive en estado de gracia. Por medio del Bautismo, se nos ha comunicado una nueva vida que nos hace hijos de Dios mediante nuestra unión con Cristo. Y esa unión vital es obra de la gracia santificante que hace de nosotros miembros de su Cuerpo místico. De manera que podemos decir, como san Pablo: «es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20).

II. Veinte siglos después, los cristianos seguimos creyendo que Jesucristo ha resucitado y que, con su cuerpo glorificado, nos acompaña sin limitación de tiempo ni de espacio.

Esta convicción, que es el núcleo mismo de nuestra fe y la razón de nuestra esperanza, se enlaza necesariamente con el testimonio original que nos viene de los Apóstoles. La Fe de la Iglesia brota del testimonio de los Apóstoles, lo prolonga y lo continúa en el tiempo. Después de mostrar sus llagas al apóstol santo Tomás y de escuchar su profesión de fe («¡Señor mío y Dios mío!»), Jesús resucitado le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». Esta expresión se refiere también a nosotros «que confesamos con el alma al que no hemos visto en la carne» (SAN GREGORIO MAGNO).

Un camino para creer verdaderamente, es decir poniendo en práctica lo que se cree, es conocer y meditar la vida de Cristo tal como nos la presentas los santos evangelios y los buenos autores que han meditado y escrito sobre ella. No basta con tener una idea general o teórica acerca del Señor, sino que hay que conocerle y aprender de Él, de su paso por la tierra, desde la encarnación y el nacimiento, hasta su muerte y su resurrección. Dejando que las obras y palabras de Cristo toquen nuestra alma y nos transformen cuando las aplicamos a nuestra vida de cada día. Todas las situaciones por las que pasamos tienen algo que decirnos de parte de Dios y nos piden una respuesta de más amor y entrega.

III. Como decíamos hace un momento, la Resurrección de Jesús es fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza. Unidos a Cristo por la gracia, confiamos llegar un día en la Gloria del Cielo a la plenitud de esa divina que se inició en nosotros el día de nuestro Bautismo y que nos lleva cada día a querer conocer y amar más a nuestro Señor Jesucristo.