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10 marzo 2024 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

IV Domingo de Cuaresma: 10-marzo-2024

Epístola (Gal 4, 22-31)

22Porque está escrito que Abrahán tuvo dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre; 23pero el hijo de la esclava nació según la carne y el de la libre en virtud de una promesa. 24Estas cosas son una alegoría: aquellas representan dos alianzas. Una, la del monte Sinaí, engendra para la esclavitud, y es Agar; 25en efecto, Agar significa la montaña del Sinaí, que está en Arabia, pero corresponde a la Jerusalén actual, pues está sometida a esclavitud junto con sus hijos. 26En cambio, la Jerusalén de arriba es libre; y esa es nuestra madre. 27Pues está escrito: Alégrate, estéril, la que no dabas a luz, rompe a gritar de júbilo, la que no tenías dolores de parto, porque serán muchos los hijos de la abandonada; más que los de la que tiene marido. 28Pero vosotros, hermanos, sois, como Isaac, hijos de la promesa. 29Ahora bien, lo mismo que entonces el que había sido engendrado según la carne perseguía al que había sido engendrado según el Espíritu, así ocurre ahora. 30Pero ¿qué dice la Escritura? Expulsa a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. 31Así, pues, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre.

Evangelio (Jn 6, 1-15)

1Después de esto, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea (o de Tiberíades). 2Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. 3Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. 4Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. 5Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?». 6Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. 7Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo». 8Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: 9«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?». 10Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo». Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. 11Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. 12Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda». 13Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. 14La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo». 15Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

James TISSOT, El milagro de los panes y los peces (c. 1886-94), Brooklyn Museum

Reflexión

I. El Domingo que estamos celebrando recibe su nombre del comienzo de la antífona del introito: «Lætare» – «Alégrate, Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la amáis…» (Is 66, 10-11) «Me alegré cuando se me dijo: Vamos a la casa del Señor» (Sal 121, 1).

La razón de ser de este preludio de la alegría pascual es porque hemos llegado ya a la mitad de la Cuaresma, y la Iglesia quiere animarnos para que continuemos el camino emprendido. Para ello presenta a nuestra consideración el nombre de Jerusalén que despierta la esperanza de los cristianos porque se refiere a la verdadera Jerusalén del cielo a la que esperamos llegar un día. Este misterio aparece por dos veces descubierto al final del Apocalipsis donde Juan ve «la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo» (Ap 21, 2), y más adelante el ángel le dice: «Mira, te mostraré la novia, la esposa del Cordero», y le muestra, desde un monte grande y elevado, «la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios» (Ap 21, 9 ss.; Cfr. STRAUBINGER, in: Gál 4, 27). En la Epístola de la Misa (Gal 4, 22-31) el Apóstol afirma que los descendientes de Abrahán por la fe serán hijos de la Jerusalén celestial: «la Jerusalén de arriba es libre, la cual es nuestra madre».

Alegría, pues, porque en medio de la Cuaresma ya están cerca las fiestas pascuales y alegría, sobre todo, porque en medio de las vicisitudes de este mundo, está cerca la Jerusalén celestial.

II. Por su parte, en el Evangelio (Jn 6, 1-15) leemos la multiplicación de los panes y los peces en el relato de san Juan que es el que más acentúa su relación con la Eucaristía en la forma de narrarlo y trae, inmediatamente después, el discurso del Pan de Vida en la Sinagoga de Cafarnaúm estrechamente vinculado con el milagro por la doctrina que desarrolla y porque las palabras de Jesús arrancan de la reacción de la gente ante el prodigio cuyo más hondo significado se les escapaba: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros». (Jn 6, 26).

Aquel pan material, multiplicado por la omnipotencia de Cristo es un anuncio de la Eucaristía, “multiplicada” a lo largo del tiempo y del espacio en virtud de las palabras de la consagración y distribuida por los sacerdotes, sucesores de los Apóstoles y herederos de su poder sacramental recibido en la ordenación sacerdotal. En el camino hacia la Jerusalén celestial de los bautizados, Jesús renueva este milagro donde hay un sacerdote y un altar; y convoca a los fieles para alimentarlos con el verdadero Pan Vivo bajado del Cielo.

La Eucaristía, junto con el Bautismo y la Confirmación, son llamados “sacramentos pascuales” por su especial vinculación con el misterio de Jesucristo muerto y resucitado y porque en la disciplina de la Iglesia de los primeros siglos estos sacramentos se administraban a los que se convertían a la fe en las celebraciones pascuales, que iban precedidas de la preparación cuaresmal. También se llaman “sacramentos de la iniciación cristiana” porque ponen los fundamentos de toda vida cristiana en la que hay una cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. Los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna» (CATIC 1212),

La Cuaresma nos lleva a los sacramentos pascuales si purificamos el corazón en la misericordia de Dios y ponemos en práctica sus mandamientos. Algunas sugerencias para que este sea un tiempo de gracia y salvación.

Incrementar el sentido de la responsabilidad personal. Porque una verdadera reforma de la vida colectiva solamente es posible como resultado de una profunda reforma «subjetiva», personal, en serio, de cada uno de los miembros de una comunidad. Y esto tanto en la Iglesia como en el corazón del mundo que los cristianos estamos llamados a transformar.

Acostumbrarnos a un recto juicio moral que ponga de relieve nuestros deberes personales, sociales y religiosos. Deberes con Dios, con nosotros mismos y con los demás (una buena forma de articular los Diez mandamientos).

Acudir con frecuencia y rectitud de intención a los Sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía, suscitando en nosotros la obra de la gracia y la conciencia del bien en oposición a la seducción, incluso el atractivo que nos provoca el mal. Así es como dejamos intervenir en nuestra vida a Cristo que a través de los sacramentos nos aplica hoy y ahora los frutos de su Pasión redentora. Recordemos a este respecto la obligación de confesar los pecados mortales al menos una vez al año y de recibir la comunión en Pascua estando dignamente preparados.

III. Tenemos cerca la Semana Santa en la que se, celebra la memoria de los más grandes misterios que Jesucristo obró por nuestra redención y en la que se nos invita a participar en ellos mediante los sacramentos pascuales. La Santísima Virgen nos ayude a cumplir en todo la Voluntad de Dios para que, incorporados a Cristo crucificado en nuestra vida, podamos participar un día de la gloria de su Reino.