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4 marzo 2024 • No debemos cruzarnos de brazos ante las arremetidas inmorales del factor humano,

Manuel Parra Celaya

Siéntate en la puerta de tu casa…

“…y verás pasar el cadáver de tu enemigo”, dice un antiquísimo proverbio chino. Y esto se va cumpliendo en la política española día tras día, y, en general, en la de muchas naciones de nuestro entorno cultural. Por mi parte, nunca he intentado escribir sobre la corrupción en las altas esferas, y ni siquiera en otras más bajas y cercanas, pues, como dice Chesterton, “en la mejor utopía, debo prever la caída moral de cualquier hombre de cualquier posición en cualquier momento”; y añade: “Y sobre todo mi caída de mi posición en este momento”, lo cual es un ejemplo y ejercicio de humildad, dada la fragilidad del ser humano.

En consecuencia, en mis pequeños y caseros debates, no quiero entrar en la estrategia del ventilador, esa con la que cada partido, desde el ámbito mediático hasta el judicial, escudriña los trapos sucios en las filas de sus contrincantes para echárselos en cara, airearlos y sacar réditos políticos, con el evidente riesgo de que, en el momento menos pensado, salgan a relucir los propios.

Se produce, así, continuamente, un remolino de acusaciones y denuncias, que se puede sintetizar en la manida frase de y tú más, a modo de competencia en cuestiones de corrupción; generalmente, saca más tajada aquel grupo o bandería que dispone de más medios afines o controlados económicamente, pues en estos las noticias de corrupción propia quedan reducidas a una escueta reseña en páginas pares o a una coletilla sin importancia en la cola de los noticiarios televisivos, salvo que se trate de un desmentido en toda regla; cuando el escándalo es muy evidente, se sacan balones fuera, siempre bajo las directrices del verdadero propietario del medio en cuestión.

Por otra parte, está comprobado que esta estrategia del ventilador no influye apenas en el electorado, más atento a sus fidelidades viscerales, a su enemiga feroz hacia el adversario -igualmente visceral- o a la simple y resignada abstención, por aquello de todos son iguales, frase cada vez más habitual en el votante hispano.

Partamos de que el ser humano es imperfecto, por lo menos desde aquella gigantesca metedura de pata que tuvo lugar en el Jardín del Edén, y, de acuerdo con el lúcido Chesterton, nunca existirá un sistema político que cure de esta imperfección de base; las distintas utopías que nos han acompañado a lo largo de la historia nos lo demuestran, aunque, también es cierto que, en determinados momentos, los medios para atajar las corruptelas han sido más drásticos y contundentes que en la actualidad.

Habrá, pues, que contar siempre con el factor humano a la hora de elucubrar alternativas para que nuestras sociedades sean mejores y sus representantes y dignatarios ostenten más altos grados de limpieza moral y de ejemplaridad; y en este último concepto se encierra el mayor resorte para la credibilidad de un sistema político.

Tampoco es en absoluto eficaz la incansable búsqueda de un supuesto hombre nuevo, idea que, como señala agudamente Dalmacio Negro Pavón, proviene de la entronización en Europa de la religión secular, esa que “descansa en la fe en la capacidad de prever y organizar el futuro donde el hombre alcance su plenitud y que aspira a sustituir a la religión, en su estricto sentido de relación con lo divino, por una relación con el poder, al que sacraliza”.

Desde Rousseau hasta Nietzsche, todos los intentos en este sentido han terminado en frustrantes y desasosegados fracasos. El hombre sigue siendo aburridamente viejo, el de siempre, y los casos de corrupción, por seguir con nuestro tema de hoy, solo difieren, por lo menos desde el siglo XVII hasta el XXI en un punto de vista cuantitativo.

Sin embargo, no caigamos en un pesimismo de raíz determinista. Todos estos considerandos no significan que debamos cruzarnos de brazos ante las arremetidas inmorales del factor humano, ni que dejemos de discurrir sobre opciones novedosas que nos puedan parecer más fiables para construir sociedades más justas, más libres, más honestas y más solidarias, donde, si no se borre de un plumazo la posibilidad de la existencia de corruptos, si se haga más difícil. Claro que, a estas alturas de la película, he contemplado con cierto escepticismo la frase del poeta: “El hoy es malo, el mañana es mío”.

A vuela pluma, propongo algunas medidas para que ese mañana -que ojalá sea de todos y para todos– ostente un menor grado de corrupción política que el que nos ofrece el actual panorama, ese que, paradójicamente, se autodenomina democrático.

En primer lugar, el papel de la Educación, centrada en los valores éticos y cívicos, que, inequívocamente, tendrán una base religiosa, sean o no creyentes las sociedades futuras; fue San Juan Bosco el primero que habló en este ámbito del método preventivo, capaz de enderezar vástagos antes de que se transformen en sólidos troncos corruptos.

En segundo lugar, la sustitución de la política de sus profesionales por la política del servicio, mediante la cual sea posible que el detentador de un cargo o representación suba, de forma natural, del taller al palacio y, también de forma natural, sin puertas giratorias, baje del palacio al taller.

Y, en tercer lugar e inevitablemente, la existencia de una legislación positiva que sancione la corrupción como merece, sin acepción de personas, militancia de partido o fervores de la judicatura.

Pero, de momento, prefiero seguir escribiendo de temas más agradables y elevados.