Widgetized Section

Go to Admin » Appearance » Widgets » and move Gabfire Widget: Social into that MastheadOverlay zone

25 noviembre 2023 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

Último Domingo después de Pentecostés: 26-noviembre-2023

Epístola (Col 1, 9-14)

 9Por eso también nosotros, desde que nos enteramos, no dejamos de orar por vosotros y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual. 10De esa manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificando en toda obra buena, y creciendo en el conocimiento de Dios, 11fortalecidos plenamente según el poder de su gloria para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, 12dando gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. 13Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, | y nos ha trasladado | al reino del Hijo de su amor, 14por cuya sangre hemos recibido la redención, | el perdón de los pecados.

Evangelio (Mt 24, 15-35)

15Cuando veáis la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el lugar santo (el que lee que entienda), 16entonces los que vivan en Judea huyan a los montes, 17el que esté en la azotea no baje a recoger nada en casa 18y el que esté en el campo no vuelva a recoger el manto. 19¡Ay de las que estén encintas o criando en aquellos días! 20Orad para que la huida no suceda en invierno o en sábado. 21Porque habrá una gran tribulación como jamás ha sucedido desde el principio del mundo hasta hoy, ni la volverá a haber. 22Y si no se acortan aquellos días, nadie podrá salvarse. Pero en atención a los elegidos se abreviarán aquellos días. 23Y si alguno entonces os dice: “El Mesías está aquí o allí”, no le creáis, 24porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, y harán signos y portentos para engañar, si fuera posible, incluso a los elegidos. 25Os he prevenido. 26Si os dicen: “Está en el desierto”, no salgáis; “En los aposentos”, no les creáis. 27Pues como el relámpago aparece en el oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre. 28Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres. 29Inmediatamente después de la angustia de aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna perderá su resplandor, las estrellas caerán del cielo y los astros se tambalearán. 30Entonces aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre. Todas las razas del mundo harán duelo y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. 31Enviará a sus ángeles con un gran toque de trompeta y reunirán a sus elegidos de los cuatro vientos, de un extremo al otro del cielo. 32Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; 33pues cuando veáis todas estas cosas, sabed que él está cerca, a la puerta. 34En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. 35El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 

Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Editorial BAC

Reflexión

I. La Iglesia cierra y abre el año litúrgico con las palabras de Jesucristo que predicen su segunda venida y el fin de este mundo tal y como lo conocemos. El mismo tema del Evangelio de este último Domingo después de Pentecostés (Mt 24, 15-35), será el del primer Domingo de Adviento (Lc 21, 25-33): la venida gloriosa del Hijo de Dios al fin de los tiempos.

Para comprender este discurso (y los relatos paralelos en Mc 13 y Lc 21, 5-36), hay que tener presente que, según los profetas, los “últimos tiempos” y los acontecimientos relacionados con ellos, no se refieren solamente al último día de la historia humana, sino a un período más largo, que santo Tomás llama de preámbulos para el juicio o “día del señor”, considerado inseparable de sus acontecimientos concomitantes[1].

«Las santas Escrituras aseguran que son dos las venidas del Hijo de Dios al mundo: la una cuando tomó carne por nuestra salud y se hizo hombre en el seno de la Virgen; la otra cuándo al fin del mundo vendrá a juzgar a todos los hombres. Esta segunda venida se llama en las santas Escrituras, día del Señor»[2].

A todas estas venidas de Cristo al mundo se aplica la palabra «Parusía», que significa, «presencia». En la acepción popular helenista se emplea como nombre de acción «el presentarse» y se trata de la «venida» o «visita» solemne de un rey o de un emperador. La misma, Encarnación o primera venida de Cristo, es llamada «Parusía» en 2Pe 1, 16: «Pues no nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. La «Parusía» es, por tanto, la intervención de Dios en la historia y en la vida de cada uno. La «Parusía» final, la última venida o manifestación, cuando Cristo selle su triunfo incluso sobre la muerte, resucitando a los muertos y presentando los elegidos al Padre será la clausura la fase terrestre del reino de Dios, la solemne confirmación y epílogo de todas sus parusías precedentes[3].

II. Estas verdades forman parte de los dogmas de nuestra fe, las profesamos en el Credo y están en la Sagrada Escritura, donde ocupan un lugar importante. Además del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan y del discurso del que está tomado el Evangelio de hoy, hay numerosos textos apocalípticos en otros lugares como son el libro del profeta Daniel y las epístolas de san Pablo.

La dificultad estriba en que por un lado se nos dice que no sabremos jamás el día ni la hora de esta segunda venida y que será algo repentino «como el relámpago»; y por otro lado el mismo Jesús empieza a dar señales de su proximidad, y nos impone vivir alerta, escudriñando los “signos de los tiempos” Si no se puede saber ¿para qué dar señales?

«En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles de los cielos ni el Hijo, sino solo el Padre […] Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor» (Mt 24, 36. 42)

No podremos saber nunca con exactitud la fecha de la Parusía, pero podremos conocer su inminencia y su proximidad. En tal caso hay que vivir preparados (recordemos la parábola del ladrón en la noche). Y ante tal insistencia de Cristo debemos pensar que es mejor estar preparados y equivocarse a la hora de prever cuándo tiene lugar su venida a que, cuando llegue, no nos encuentre preparados: «estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre» (Mt 24, 44).

«Mas las santas Escrituras declaran que han de preceder tres señales principalmente al juicio universal, es a saber la predicación del Evangelio por todo el mundo, la apostasía y el Anticristo. Y así dice el Señor: “Se predicará este Evangelio del reino de Dios en todo el mundo, en testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin” (Mt 24, 14). Y por otra parte el Apóstol nos avisa, que no nos dejemos engañar de nadie “como si ya instara, el día del Señor, porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la apostasía, y aparecido el hombre del pecado, el hijo de la perdición” (2 Tes 3, 3)» [4].

III. La Iglesia nos invita a que esta venida se ponga bien patente a la consideración de los fieles:

«Para que así como aquel día del Señor en que tomó carne humana, fue muy deseado de todos los justos de la ley antigua desde el principio del mundo, porque en aquel misterio tenían puesta toda la esperanza de su libertad, así también después de la muerte del Hijo de Dios y su Ascensión al cielo, deseemos nosotros con vehementísimo anhelo el otro día del Señor “esperando el premio eterno, y la gloriosa venida del gran Dios”» [5].

Y podemos obtener frutos abundantes de su consideración:

1. Nos da grandes lecciones para la vida. Nos enseña a vivir con lo necesario, desprendidos de los bienes que hemos de usar, pero que dentro de un tiempo, siempre corto, habremos de dejar; únicamente llevaremos, para siempre, el mérito de nuestras buenas obras y la gracia. Por eso dice san Pablo: «En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor» (1Cor 13, 13), La caridad es, como dice santo Tomás, la que, mientras vivimos, da la vida a la fe y a la esperanza, pero un día sólo la caridad permanecerá para siempre.

También el Evangelio al prevenirnos por la parábola de las vírgenes necias y prudentes (Mt 25, 1ss), nos enseña que en aquéllas la lámpara de la fe no pudo mantenerse encendida sin el óleo de la caridad (Gál 5, 6). Jesús señala claramente la necesidad del amor para cumplir los mandamientos (Jn 14, 24) ya que «el primero y el mayor» de entre ellos es precisamente el de amar (Mt 22, 38)[6].

2. Nos enseña a aprovechar bien cada día: como si fuera el único, sabiendo que ya no se repetirá jamás. Y debemos llenarlo con actos de amor al Señor, favores a los demás, pequeños servicios, vencimientos en el cumplimiento del deber, perseverando y teniendo paciencia en las dificultades…, a todo ello, el Señor le da un valor sobrenatural, para la eternidad.

3. La incertidumbre del momento de nuestro encuentro definitivo con Dios nos impulsa a estar vigilantes, como quien aguarda la llegada de su Señor, cuidando con esmero el examen de conciencia, con contrición verdadera por las flaquezas de esa jornada; aprovechando bien la Confesión frecuente para limpiar el alma aun de pecados veniales y de las faltas de amor, trabajando con más empeño en la tarea de la propia santificación.

*

Así esperamos los cristianos la visita del Señor: enriqueciendo el alma en el propio quehacer, ayudando a otros a poner su mirada en un fin más trascendente. De ninguna manera empleando el tiempo en no hacer nada o haciéndolo mal, desaprovechando los medios que Dios mismo nos ha dado para ganarnos el Cielo. Si vivimos unidos a la Virgen María, Ella nos ayudará a disponer nuestra alma para que la llegada del Señor nos encuentre centrados en lo único que tiene importancia ante el encuentro con Dios.


[1] Cfr. Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: Mt 23, 39; 24, 4,

[2] Catecismo Romano I, 8, 2.

[3] Cfr. voz “Parusía” in: Francesco SPADAFORA (dir.), Diccionario bíblico, Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1959.

[4] Catecismo Romano I, 8, 7.

[5] Catecismo Romano I, 7, 2.

[6] Cfr. Juan STRAUBINGER, ob. cit., in: Eclo 7, 40.