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22 diciembre 2019 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

4º Domingo de Adviento: 22-diciembre-2019

Rito Romano Tradicional

Evangelio

Lc 3, 1-6:

En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Voz del que grita en el desierto: | Preparad el camino del Señor, | allanad sus senderos; los valles serán rellenados, | los montes y colinas serán rebajados; | lo torcido será enderezado, | lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios»

Reflexión

I. El cuarto Domingo de Adviento nos invita a una preparación más inmediata para celebrar la ya cercana solemnidad de Navidad y obtener todos los frutos de gracia y santidad que Dios quiere darnos estos días. Recordemos la oración de la fiesta de la Virgen del Rosario, en la que pedimos a Dios que derrame su gracia sobre nosotros, que hemos conocido por el anuncio del Ángel la encarnación de su Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección. Siempre que hablamos de la cuna de Belén, resuena en el horizonte la Cruz de Jesús, que es el motivo por el que el Hijo de Dios se ha encarnado: «por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre».

Como leemos en el Antiguo Testamento, el nacimiento de Jesús fue anunciado y preparado durante miles de años, especialmente por los profetas que hablaban y escribían inspirados por Dios. San Pablo habla de «el Evangelio de Dios, que fue prometido por sus profetas en las Escrituras Santas y se refiere a su Hijo» (Rom 1, 1-3).

Un caso típico de esas profecías, es la del profeta Isaías (Is 7, 10-14), que san Mateo ve cumplida en la concepción virginal de Jesucristo (Mt 1, 18-24).

Dios manda a Isaías que tranquilice al rey Ajaz en unas circunstancias especialmente difíciles para su nación. Y le ofrece de su parte una señal: el nacimiento de un niño al que se pondrá el nombre de Emmanuel que significa Dios con nosotros. Eso significaba que habría un heredero, y no sería extinguida la dinastía de David, de la cual surgirá a su tiempo el Mesías prometido y esperado. Por eso, el nacimiento de aquel niño era una señal de esperanza. Siglos más tarde, san Mateo nos presenta al hijo de la Virgen María, ese Dios con nosotros que trae el perdón de los pecados y el restablecimiento de la amistad con Dios.

II. El Evangelio de este domingo trae la invitación de san Juan Bautista a preparar el camino al Señor.

Los cristianos podemos comparar también nuestra vida con esa espera en el encuentro definitivo con el Salvador. Nuestra vida es también un largo adviento en el que lo único verdaderamente importante será encontrar a Cristo en esta vida, y después en la eternidad.  En ese camino, la Virgen María y san José son modelos de esperanza. La esperanza es una virtud sobrenatural, infundida por Dios en nuestra alma, y con la cual deseamos y confiamos en alcanzar la vida eterna que Dios ha prometido a los que le sirven y los medios necesarios para alcanzarla.

Ahora bien, las condiciones necesarias para alcanzar la bienaventuranza eterna son: la gracia de Dios, el ejercicio de las buenas obras y la perseverancia en el amor divino hasta la muerte.

Nosotros, por el contrario, somos muchas veces, incapaces de mantener la esperanza. Dos son los principales obstáculos que podemos encontrar: la indiferencia o el desaliento. Si no se les pone remedio, paraliza los esfuerzos para hacer el bien y superar las dificultades. En ocasiones, el desánimo está determinado por la debilidad del querer, por miedo al esfuerzo que comporta la lucha ascética y tener que renunciar a apegamientos y desórdenes de los sentidos.

Tampoco los aparentes fracasos de nuestra lucha interior o de nuestro afán apostólico pueden desalentarnos: quien hace las cosas por amor a Dios y para su Gloria no fracasa nunca. La esperanza lleva al abandono en Dios y a poner todos los medios a nuestro alcance, para una lucha que nos impulsará a recomenzar muchas veces, a ser constantes en el apostolado y pacientes en la adversidad, a tener una visión más sobrenatural de la vida y de sus acontecimientos.

La devoción a la Virgen es la mejor garantía para alcanzar los medios necesarios y la felicidad eterna a la que hemos sido destinados. Pidámosle que sepamos esperar, en estos días que preceden a la Navidad y siempre, llenos de fe, a su Hijo Jesucristo, Señor nuestro, a quien todos los profetas anunciaron, cuyo nacimiento prepararon la Virgen y san José y a quien aguardamos en el día de nuestra redención ya próxima.