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26 enero 2019 • Rito Romano Tradicional

Marcial Flavius - presbyter

3er. Domingo después de Epifanía: 27-enero-2019

Evangelio

Mt 8, 1-13:

En aquel tiempo, Cuando bajó Jesús del monte, lo siguieron las multitudes. En esto se le acercó un leproso, se puso de rodillas ante él y le dijo: “Señor, si quieres puedes limpiarme”. Jesús extendió la mano, lo tocó y dijo: “Quiero. Queda limpio”. Y al instante quedó limpio de su lepra. Jesús le dijo: “Mira, no se lo digas a nadie; pero anda, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para que les conste tu curación”.

Al entrar Jesús en Cafarnaún, se le acercó un oficial suplicándole: “Señor, mi criado está paralítico en casa con unos dolores terribles”. Jesús le dijo: “Yo iré a curarlo”. El oficial respondió: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa; dilo sólo de palabra, y mi criado quedará curado. Porque yo, que soy un hombre sujeto al mando, tengo bajo mis órdenes soldados, y digo a éste: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace”. Jesús, al oírlo, quedó admirado y dijo a los que lo seguían: “Os aseguro que en Israel no he encontrado a nadie con una fe como ésta. Muchos del oriente y del occidente vendrán y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios, pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de fuera: allí será el llanto y el crujir de dientes”. Y Jesús dijo al oficial: “Anda, y que suceda como has creído”. Y en aquella misma hora el criado se curó.

Curación del siervo del Centurión (Paolo Veronese)

Reflexión

El Evangelio de este Domingo nos recuerda la importancia de la Fe que, como se enseña en la doctrina cristiana, es una virtud sobrenatural por la que creemos firmemente lo que Dios ha revelado y la Iglesia nos enseña.

Sin la Fe, ni podemos agradar a Dios ni podemos salvarnos. Por eso, nosotros que hemos recibido de Dios este gran beneficio de la Fe verdadera, hemos de ser agradecidos, conservarla y aumentarla, evitando todo aquello que nos puede hacer perderla o que disminuya.

1. En relación con nosotros mismos: evitando las malas compañías, las malas lecturas, los malos programas de televisión que siembran en nosotros la cizaña de la duda y procurando también formar nuestra fe con buenas lecturas, escuchando las emisoras de radio y de televisión católicas cuando estén a nuestra disposición y, sobre todo con una vida cristiana sincera que supone la práctica de los mandamientos, el ejercicio de las virtudes y la frecuente y devota recepción de los Sacramentos.

Recordemos que no basta tener fe para salvarse, sino que hemos de vivir conforme a lo que creemos, pues la fe sin las obras es una fe muerta.

2. En relación con los que viven cerca de nosotros: Debemos robustecer la fe de nuestros hermanos cuando vemos que peligra, combatiendo siempre la incredulidad y la irreligión con el apostolado de nuestra palabra y, sobre todo, de nuestro ejemplo.

Esta obligación compete de manera muy especial a los padres y madres de familias cristianas que se comprometieron solemnemente a educar cristianamente a sus hijos cuando pidieron para ellos el Santo Bautismo. Los padres deben pedir lo mejor para sus hijos, y no hay don mayor que la fidelidad a la Fe.

3. En relación con toda la humanidad: hemos de procurar con nuestras oraciones y limosnas por las misiones que se extienda la fe en aquellos lugares en que todavía no es conocida.

Recordemos como San Pedro al vacilar en su fe se hundía en las aguas del lago. La falta de Fe hace al cristiano miedoso en los peligros, abatido en las dificultades… Pero donde la Fe es viva, donde no se duda del poder de Jesús y de su continua presencia en la Iglesia, no habrá nunca peligro de naufragio.

Basta con que nosotros pongamos todo lo que está de nuestra parte y con que estemos dispuestos a repetir con frecuencia las súplicas, como los ejemplos que hoy nos presenta el Evangelio para que el Señor nos mire y recompense nuestra Fe.