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30 diciembre 2017 • "Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción"

Marcial Flavius - presbyter

Domingo infraoctava de Navidad: 31-diciembre-2017

Rito Romano Tradicional

Evangelio

Lc 2, 33-40: Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”.

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.

Luis de Morales: “Presentación de Jesús en el Templo”

Reflexión

«Cuando todas las cosas dormían en profundo sueño, y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu omnipotente Verbo, Señor, vino del cielo, desde su trono real» (Introito)

Este texto del Libro de la Sabiduría (18, 14-15) evoca el momento en el que Dios liberó a su pueblo de la cautividad en Egipto, por medio de su Ángel. «Tu omnipotente verbo» no es aquí la Segunda Persona de la Trinidad sino la expresión del poder divino.

En la Liturgia del Domingo dentro de la Octava de Navidad (Misal Romano, ed. 1962), se aplican estos versículos en sentido acomodaticio al Nacimiento de Jesús.

a) Porque la segunda Persona se llama también Verbo eterno del Padre.

«Llamó San Juan al Hijo de Dios, Verbo, o concepto del entendimiento, porque así como éste al entenderse de algún modo a sí mismo, forma su misma imagen y semejanza, la cual los teólogos llaman verbo o concepto; así también, Dios, según es posible de algún modo comparar lo divino con lo humano, entendiéndose a sí mismo, engendra al Verbo o concepto eterno» (Catecismo Romano, I, 3, 9).

b) Porque también el Verbo encarnado vino como un guerrero esforzado a quebrantar el poder de Satanás y unir el cielo con la tierra (Sab. 18, 16), pero no para llenar todo de muerte y de consternación como la noche de la última de las plagas de Egipto, sino para traernos la vida que es Él mismo y la paz que también es Él mismo y que anunciaron los ángeles en la noche de Navidad.

En la Epístola (Gal 4, 1-7), san Pablo nos presenta una síntesis de todo el misterio de nuestro Señor Jesucristo (vv. 4-5) situando este nacimiento en el tiempo en una perspectiva mucho más amplia: la preexistencia eterna de Cristo y su venida en la plenitud del tiempo como Enviado de Dios para redimirnos y hacernos partícipes de la filiación divina.
Vamos a detenernos especialmente en esto último: cómo a través de la aplicación de las gracias obtenidas en su Encarnación y Pasión redentora, Cristo nos convierte en verdaderos hijos de Dios, que es la forma en que hemos sido hechos «partícipes de la naturaleza divina» (2Pe 1, 4).

«Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 19, 1).

1. «Y porque sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su hijo, que clama “¡Abba, Padre!» (Gal 4, 6). Abba es voz aramea que han conservado los textos griegos del NT y significa Padre en un contexto familiar, no por ello exento de respeto y consideración. Así llamaba Jesús a su Padre Celestial. Parece que los primeros cristianos conservaban este nombre como herencia sagrada, y así lo era para el mismo Cristo, que sintetizaba todas sus virtudes en ser un hijo ejemplar de su Padre; por eso vemos aquí que el Espíritu de Jesús es eminentemente un espíritu filial.

2. Esta paternidad respecto del Hijo se toma en sentido propio y es natural. Pero decimos también que Dios es padre de los hombres en virtud de la gracia santificante que hace de quienes la reciben, hijos adoptivos de Dios, participantes de alguna manera de la filiación del Verbo encarnado.

En Ef 1, 3-5, san Pablo expone la naturaleza de esta adopción como hijos de Dios:

«Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, … desde antes de la fundación del mundo nos escogió en Cristo…; y en su amor nos predestinó como hijos suyos por Jesucristo en Él mismo (Cristo), conforme a la benevolencia de su voluntad».

Estos versículos son una síntesis del misterio de Cristo, pasado, presente y futuro. Su tema es la nueva vida, nuestra incorporación al Cuerpo Místico de Cristo. Vuelca su doctrina en tres estrofas. El Eterno Padre nos predestinó para ser hijos suyos (v. 3-6), el Hijo llevó a cabo la incorporación mediante la Redención (v. 7-12), el Espíritu Santo la completa (v. 13-14).

Esa adopción de hijo, significa exactamente filiación, es decir, que somos destinados a ser hijos verdaderos (cfr. 1 Jn. 3, 1), tal como lo es Jesús mismo. Pero esto sólo tiene lugar por Cristo, y en Él. Es decir que «no hay sino un Hijo de Dios, y nosotros somos hijos de Dios por una inserción vital en Jesús… el Padre … ve en nosotros al mismo Jesús, porque no tenemos filiación propia sino que estamos sumergidos en su plenitud».

3. Por último, este nuevo nacimiento que Jesús nos obtuvo debe ser aceptado mediante una fe viva en tal Redención. Es decir, que hemos de dejar de ser lo que somos para “nacer de nuevo” en Cristo y ser “nueva creatura”.

San Juan nos recuerda que somos hijos de Dios en virtud de un nuevo nacimiento espiritual: «Pero a todos los que lo recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios: a los que creen en su nombre. Los cuales no han nacido de la sangre, ni del deseo de la carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Jn 1, 12-13). «Sino de Dios»: Claramente se muestra que esta filiación divina ha de ser mediante un nuevo nacimiento como dirá a Nicodemo: «En verdad, en verdad, te digo, si uno no nace del agua y del espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos» (Jn 3, 5).

Alude aquí al Bautismo, en que se realiza este nacimiento de lo alto. No hemos de renacer solamente del agua, sino también del Espíritu Santo. El término espíritu indica una creación sobrenatural, obra del Espíritu divino. S. Pablo nos enseña que el hombre se renueva mediante el conocimiento espiritual de Cristo. Este conocimiento renovador se adquiere escuchando a Jesús, pues sus palabras «son espíritu y vida» (Jn 6, 64).

Esta divina maravilla se opera desde ahora en nosotros por la gracia. Y su realidad aparecerá visible el día en que «Él transformará nuestro vil cuerpo haciéndolo semejante al suyo glorioso» (Fil. 3, 20 s.). Encontramos aquí, de nuevo, la perspectiva esjatológica omnipresente en el Adviento y que no se diluye al llegar la Navidad en la conmemoración del Nacimiento histórico.

*

Recordemos con frecuencia en este tiempo litúrgico cómo nos dice el evangelio que María recordaba y meditaba en su corazón todos estos misterios (cfr. Lc 2, 19; 51). Pidámosle su intercesión para que nos alcance de su Hijo la gracia de ser capaces de penetrar un poco más ellos para así más conocer, amar y seguir a Cristo.

FUENTE: Elaboración propia a partir de los comentarios bíblicos de Mons. Straubinger in loc. cit.