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23 abril 2016 • "El Espiritu de la verdad, os guiará a la verdad completa"

Marcial Flavius - presbyter

IV Domingo después de Pascua: 24-abril-2016

Rito Romano Tradicional

Evangelio

Jn 16, 15-14: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Ahora vuelvo al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas?, sino que, porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el defensor no vendrá a vosotros; y si me voy, os lo enviaré.

Cuando Él venga demostrará al mundo en qué está el pecado, la justicia y la condena. El pecado consiste en que no creen en mí; la justicia, en que me voy al Padre y no me veréis más, y la condena, en que el príncipe de este mundo está ya condenado.

Muchas cosas tengo que deciros todavía, pero ahora no estáis capacitados para entenderlas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa. Pues no os hablará por su cuenta, sino que os dirá lo que ha oído y os anunciará las cosas venideras”.

Discurso última Cena

Reflexión

“Os digo la verdad… El Espiritu de la verdad, os guiará a la verdad completa”. El mismo Jesús dirá de sí mismo en el Evangelio: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Aquí se nos coloca, por tanto, ante la cuestión de la verdad.

¿Existe la verdad? ¿Es posible conocerla? ¿O sólo cabe preguntarse, como Pilato ante Jesús: “¿qué es verdad?” (Jn 18, 38).

Hoy vivimos “una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos” (Ratzinger, Misa pro eligendo Pontifice, 18-V-2005). Esta situación nace en gran manera de la exaltación desmedida de la libertad individual. Sin embargo, sabemos que Jesús ha dicho: “la verdad os hará libres” (Jn 8, 32) es decir “no hay libertad fuera o contra la verdad” (cfr. Veritatis splendor, 96).

La libertad no es un fin absoluto en sí mismo, sino más bien un medio para el bien, la verdad y la justicia. La libertad se nos concede propiamente para el bien.

Si la libertad individual se convierte en el criterio que configura la verdad, caemos en el subjetivismo y el individualismo y surgen tantas hipotéticas verdades como individuos, lo cual es un absurdo. Uno de los rasgos de la verdad es su unicidad, pues la existencia de varias verdades sobre una misma realidad sería la propia destrucción de la verdad.

No es el sujeto individual el que configura la verdad según su propio parecer, sino que la verdad corresponde a la realidad objetiva del ser de las cosas. De ahí que, si bien hay cuestiones que ciertamente pueden ser opinables y hay normas que pueden depender del acuerdo humano, es necesario reconocer la existencia de un orden moral objetivo, superior tanto a la persona individual como al Estado o a la decisión de una mayoría. Tal es la Ley Natural, impresa por Dios en el corazón de todos los hombres y que éstos pueden descubrir con la luz de la razón y con rectitud de conciencia; es la Ley que inclina a hacer el bien y evitar el mal.

Benedicto XVI enumeró cuatro principios innegociables de esta Ley Natural: el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas (Sacramentum Caritatis, 83). Es cierto que no faltan dificultades que oponer a esta concepción y enumeración de principios no-negociables, especialmente porque la acción política requiere la defensa sistemática de un conjunto orgánico de principios y carece de sentido la pretensión de prescindir de este principio, sí, y de este otro, no. Pero la idea, al menos, pueden hacernos meditar sobre el peligro relativista que se da hoy entre los católicos españoles, inclinados a aceptar situaciones estables que afectan de manera directa a esos bienes y a dar su voto a opciones políticas que carecen de cualquier consideración al respecto.

Pero, además del acceso al conocimiento de la verdad por las luces de la razón que Dios ha dado al hombre, gracias a la Revelación podemos llegar a adherirnos a la plenitud de la verdad, porque Dios es la suma Verdad y se nos ha manifestado en Jesucristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Por eso, seamos fieles al testimonio y al mensaje de Jesús, pues Él nos ha dicho: “Si permanecéis en mi palabra, seréis discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32).

Con María Santísima, meditemos en nuestro corazón las enseñanzas de su divino Hijo y vivamos en la verdad, de acuerdo con la fe que profesamos.

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