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5 diciembre 2015 • "Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva"

Marcial Flavius - presbyter

2 Domingo de Adviento: 6-diciembre-2015

Rito Romano Tradicional

Evangelio

Mt 11, 2-10: Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” Jesús les respondió: “Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!” Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino por delante de ti..

Predicación de San Juan Bautista (Pier Francesco Mola)

Predicación de San Juan Bautista (Pier Francesco Mola)

Reflexión

La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la “Primera Alianza”, todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Incluso despierta en el corazón de los paganos una espera aún confusa, de esta venida.

Hoy aparece en la Liturgia la figura de S.Juan Bautista, uno de los jalones más importantes en ese camino de preparación para la venida de Cristo: él es el precursor inmediato del Señor, enviado para preparle el camino: “Voz del que grita en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas” (Lc 3,4). Precediendo a Jesús, a quien señaló como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio (Cfr.CEC 522-523).

El mensaje de S.Juan Bautista y de toda la Liturgia de este domingo puede resumirse en una palabra: Esperanza. “Todas las cosas que han sido escritas lo fueron para nuestra enseñanza, para que tengamos esperanza por la paciencia y la consolación de las Escrituras”. La salvación anunciada en las Escrituras y en las Profecías (Epístola).

Una esperanza que se fundamenta en el cumplimiento de las profecías que se comienza a cumplir con la vida pública de Jesucristo: “Los ciegos ven, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados…” (Evangelio).

¿Qué es la esperanza? “La virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (CEC, 1817)

La esperanza, junto con la fe y la caridad, reciben el nombre de virtudes teologales porque se refieren directamente a Dios y disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Porque es una virtud que procede de Dios y se dirige a Él, la esperanza cristiana no puede ser objeto de sospecha o de crítica como hacen algunos al acusarnos de olvidarnos de las cosas de la tierra por poner los ojos en el cielo y predicar una vida más allá. Lo más lamentable es que a veces nosotros hemos caído en la trampa y se ha desdibujado en la predicación y en la vida de los cristianos la vivencia de esta virtud.

Todos debemos, por cristianos, reaccionar ante las injusticias. Sería errónea la mentalidad de quienes ven el cristianismo sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias. Un hombre o una sociedad que no reaccione ante ellas y no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo. Pero, una vez sentado esto, hay que recordar que no han sido creados los hombres tan sólo para edificar un mundo lo más justo posible, porque -además- hemos sido establecidos en la Tierra para entrar en comunión con Dios mismo.

No nos quedemos en el tramo horizontal del signo del cristiano; nuestro cristianismo quedaría cojo, mutilado, ineficaz, sin vida. No nos quedemos en el brazo horizontal. Se hace preciso clavar el madero vertical que nos une a Dios, para completar el signo del cristiano: la Santa Cruz.

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