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27 Marzo 2015 • "Junto a la cruz de Jesús estaba de pie su madre"

Angel David Martín Rubio

Viernes de Dolores

PiedadLa piedad cristiana ha consagrado a la memoria de los dolores que la Virgen María sufrió al pie de la cruz, este Viernes dentro de una semana que está ya toda entera dedicada al culto de la Pasión del Hijo de Dios.

En siglo XV, en 1423, un arzobispo de Colonia, Tedorico de Meurs, introdujo esta fiesta en su Iglesia por un decreto sinodal. Se fue extendiendo poco a poco, hasta que el papa Benedicto XIII, por un decreto del 22 de agosto de 1727, la inscribió solemnemente en el calendario de la Iglesia católica.

Otra conmemoración de los siete dolores de la Virgen estuvo vinculada en sus orígenes a la Orden de los Siervos de María (siglo XVI) pero entonces únicamente tenía carácter local y particular. A petición del rey Felipe V, la fiesta —establecida el tercer domingo de septiembre— fue extendida a todos los dominios de España (1735). El 18 de septiembre de 1814, Pío VIII la ampliaba a toda la Iglesia y con la reforma de San Pío X quedó fijada el 15 de septiembre.

La revolución litúrgica posterior al Concilio Vaticano Segundo provocó, entre otros efectos, la alteración del Calendario Romano, suprimiéndose la memoria del Viernes de Dolores en tiempo de Pasión. Afortunadamente, dicha conmemoración ha sobrevivido gracias a la piedad de fieles y sacerdotes, al margen de las disposiciones de los arbitristas litúrgicos.

Para introducirnos mejor en el contenido del misterio que conmemoramos, podemos recordar que en la obra de nuestra salvación hallamos tres intervenciones de María, tres circunstancias en que ella es llamada a unir su acción a la del mismo Dios[1].

La primera en la Encarnación del Verbo que se produce después de su consentimiento, al pronunciar su «Hágase en mí según tu palabra», el solemne Fiat que salvó al mundo.

La segunda en el Sacrificio de Jesucristo en el Calvario al que ella asiste para participar en la ofrenda expiatoria.

La tercera el día de Pentecostés, en que recibe al Espíritu Santo, como le recibieron los Apóstoles, para contribuir así eficazmente al establecimiento de la Iglesia.

  1. «Junto a la cruz de Jesús estaba de pie su madre…» (Jn 19, 25). La presencia de la Virgen al pie de la cruz de Jesús no representa únicamente el espectáculo de las aflicciones padecidas por una madre en el lugar del suplicio de su hijo.

Ella tenía que desempeñar un papel al pie del árbol de la cruz. Del mismo modo que el Padre celestial requirió su consentimiento antes de enviar al Verbo Eterno a esta tierra, fueron requeridas la obediencia y abnegación de María para la inmolación del Redentor. Ahora reitera su Fiat, y consiente en la inmolación de su hijo estableciéndose una unión inefable se establece entre la ofrenda del Verbo encarnado y la de María

De ahí que podemos decir que cooperó con Jesucristo, en calidad de Corredentora, a la salvación del género humano.

  1. «Jesús, viendo a su madre, y, junto a ella, al discípulo que amaba, dijo a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “He ahí a tu madre”. Y desde este momento el discípulo la recibió consigo» (Jn 19, 16-27)

La Virgen María es nuestra verdadera Madre en el orden espiritual, porque es la Madre de Jesucristo, y Cristo es la Cabeza de un Cuerpo Místico y todos nosotros somos sus miembros. Y como Ella es Madre de este organismo viviente, como la cabeza no puede ser arrancada y separada de los miembros, desde el momento en que es Madre física según la naturaleza de la Cabeza, tiene que ser también forzosamente Madre espiritual de todos los miembros que están espiritualmente unidos a esa Cabeza.

Al pronunciar estas palabras desde la cruz, Cristo proclamó solemnemente la maternidad espiritual de María, que ya era madre nuestra desde el primer momento en que concibió en sus virginales entrañas al Redentor del mundo[2].

En virtud de este título, María hará extensivo a nosotros el amor que siente a su Hijo. Por habernos rescatado, Él es nuestro Señor; por haber cooperado tan generosamente a nuestro rescate, ella es nuestra Señora.

Jesucristo es nuestro Medianero para con Dios, en cuanto por ser verdadero Dios y verdadero hombre, El solo, en virtud de sus propios merecimientos, nos ha reconciliado con Dios y nos alcanza todas las gracias. La Virgen, empero, y los Santos, en virtud de los merecimientos de Jesucristo y por la caridad que los junta con Dios y con nosotros, nos ayudan con su intercesión a obtener las gracias que pedimos. Y este es uno de los grandes bienes de la comunión de los Santos[3].

La fiesta de hoy nos invita a aceptar los sufrimientos y contrariedades de la vida para purificar nuestro corazón y corredimir con Cristo. Pero nos enseña a hacerlo de la mano de la Virgen, aprendiendo de ella a unir los males que podamos sufrir a la Cruz redentora de su Hijo para convertirlos en un bien para nosotros mismos y para toda la Iglesia. Y recurriendo a Santa María en demanda de auxilio y de consuelo cuando sintamos que la carga se nos hace demasiado pesada.

Oh Dios, en cuya pasión fue traspasada de dolor el alma dulcísima de la gloriosa Virgen y Madre María, según se lo había profetizado ya Simeón; concédenos propicio, que cuantos venerando sus Dolores, hacemos memoria de ellos, consigamos el feliz efecto de tu sagrada pasión. Tú que vives y reina con Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos. Amén[4].

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[1] Prospero GUERANGUER OSB, El Año Litúrgico, II, Burgos: Aldecoa, 1954, pág. 483ss.

[2] Cfr. San Pío X, Encíclica ad diem illum

[3] Catecismo Mayor de San Pío X.

[4] Misal Romano, Conmemoración de los siete dolores de la Santísima Virgen, Oración colecta.

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