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10 Marzo 2015 • "Tu heroísmo, tu aceptación del martirio, junta en uno los ideales de Dios y la Patria"

Angel David Martín Rubio

10 de marzo: Mártires de la Tradición

RequeteI.- El 5 de noviembre de 1895, en su conocidísima Carta al Marqués de Cerralbo, Carlos VII se proponía «no olvidar lo mucho que debemos al pasado» y daba forma concreta a su propósito de instituir una fiesta para honrar «a los mártires que desde principio del siglo XIX han perecido a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey, en los campos de batalla y en el destierro, en los calabozos y en los hospitales».

Desde entonces, cada 10 de marzo, aniversario de la muerte de Carlos V en 1855, o en los días inmediatos, los fieles a la Tradición se reúnen ante el Altar para asistir a la Santa Misa, a la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz en la que Jesucristo «ofreció su muerte en sacrificio y satisfizo a la justicia de Dios por los pecados de los hombres» (Catecismo Mayor, 104). Pedimos así, por el eterno descanso de sus almas y, en virtud de la Comunión de los Santos, esperamos ser enriquecidos por sus merecimientos y el fruto de todas sus buenas obras.

Todos hemos visto las imágenes de los Tercios de Requetés en la Cruzada avanzando o desfilando bajo la sombra del Crucifijo que llevaban en el remate de un asta de madera de notables dimensiones «Aunque se veía menos que la bandera, su presencia era más importante, y son muchos los requetés que han muerto buscando su silueta, desde el suelo, para enviarle una despedida terrenal y un saludo de llegada a su reino celeste» (Redondo-Zavala, El Requeté, pág. 84).

Alguna de las fotografías más emotivas y reproducidas de nuestra guerra, los presenta así. Hermosa imagen gráfica de una realidad mucho más profunda Tras las huellas de Cristo Crucificado han sido miles los que en holocausto del ideal dieron su vida en las gestas heroicas de los campos de batalla o fueron fusilados y sometidos a los más diversos martirios… Miles, también, los que sacrificaron los intereses materiales; los que en tiempos pasados y en los presentes ofrecieron y ofrecen su renuncia generosa en favor de la misma causa de Dios, la Patria y el Rey legítimo. En todos ellos se cumple lo afirmado en la Ordenanza del Requeté: «Muere por Él, que morir así, es vivir eternamente. Ante Dios, nuca serás héroe anónimo». O, como dice, el Devocionario del Requeté: «Tu heroísmo, tu aceptación del martirio, junta en uno los ideales de Dios y la Patria».

II.- En su Pasión, Jesucristo habla para proclamar que es el Hijo de Dios «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Le dice Jesús: Sí, tú lo has dicho» (Mt. 26,63-64). Y esa respuesta supuso su condena a muerte por parte del Sanedrín. Ésta es la confesión más solemne que se hizo jamás de su divinidad: Jesucristo, Rey de los mártires, muere por confesar su divinidad, y todos los mártires darán su vida por la misma causa (Dom Columba Marmiom). Pero la confesión de la divinidad de Cristo es inseparable de la profesión de fe en su realeza: «Pilato le preguntó: Entonces ¿tú eres rey?” Jesús contestó: “Tú lo has dicho: Yo soy Rey. Para esto nací, para esto vine al mundo, para ser testigo de la Verdad» (cfr. Jn 18, 36-37)».

El mismo Jesucristo, que ahora se proclama rey ante el gobernador romano había enseñado a dar «al César lo que es del César»: es decir, lo que le corresponde pero nada más que lo que le corresponde, porque ni el Estado ni los poderes políticos tienen una potestad y un dominio absolutos: «dad a Dios lo que es de Dios».

Hay que dar a Dios lo que a Él le pertenece. También las autoridades están sometidas a graves obligaciones morales. Cuando se olvidan estas obligaciones morales del Estado se cae en el laicismo que consiste en hacerlo todo prescindiendo de Dios y de la religión, en ignorar las doctrinas del santo Evangelio, en una palabra, en hacerlo todo sin religión ni de piedad, como si el hombre no tuviese un fin superior que cumplir más allá de esta vida.

Por el contrario, las autoridades políticas están gravemente obligadas a servir al bien común, a legislar y gobernar con el más pleno respeto a la ley natural, amparando la vida desde el momento de su concepción; protegiendo a la familia, origen de toda sociedad; velando por el derecho de los padres a la educación religiosa de los hijos; promoviendo la justicia social … «¡Ay de los que dan leyes inicuas, y de los escribas que escriben prescripciones tiránicas, para apartar del tribunal a los pobres, y conculcar el derecho de los desvalidos de mi pueblo, para despojar a las viudas y robar a los huérfanos» (Is 10, 1-2), clama el Señor por boca del Profeta Isaías.

Cuando los poderes políticos abusan de su poder imponiendo cosas contrarias a los derechos de Dios y de su Iglesia, los católicos deben responder con valentía como los Apóstoles: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29); y hacer todo lo que esté de su mano, poniendo para ello todos los medios lícitos, para poner fin a esa situación llegando a sufrir la persecución y la muerte, si fuera necesario, como nos demuestran los mártires a lo largo de veinte siglos de historia de la Iglesia y de manera muy especial, los Mártires de la Tradición, a los que queremos no solamente honrar sino imitar en la medida de nuestras escasas fuerzas, sostenidos por la gracia de Dios.

III.- Por eso, podemos terminar con una frase del extremeño Donoso Cortés,

Sólo en la eternidad, patria de los justos, puedes encontrar descanso; porque sólo allí no hay combate: no presumas, empero, que se abran para ti las puertas de la eternidad, si no muestras entonces las cicatrices que llevas; aquellas puertas no se abren sino para los que combatieron aquí los combates del Señor gloriosamente y para los que van, como el Señor, crucificados.

Donde hay un cristiano crucificado está junto a él nuestra Madre, la Santísima Virgen María. A ella la necesitamos para conservarnos en la fidelidad, especialmente en unos tiempos como los nuestros, cuando cuesta la perseverancia, cuando encontramos la dificultad en el ambiente o en nuestras pasiones; cuando es duro permanecer en pie junto a la Cruz de Jesús, como estaba Santa María.

A ella acudimos para pedirle la gracia de reunirnos un día en el Cielo con los Mártires que nos han precedido en la fidelidad a la Cruz y al Rey que murió en ella para alcanzarnos la salvación eterna.

Que la Inmaculada Madre de Dios, Reina de los ángeles y de los hombres, se digne elegirnos para militar con Cristo, en esa campaña del Reino de Dios contra las fuerzas del mal que es el eje de la historia del mundo. Sabiendo que nuestro Rey es invencible, que su Reino no tendrá fin, y que su recompensa supera cuanto la mente humana pudo soñar de hermoso y de glorioso.

Homilía en la Misa por los Mártires de la Tradición celebrada en El Pardo (Madrid) el 8 de marzo de 2014

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